Los habitantes de la vereda de la rumba


Trabajo hace años en un lugar particularmente estimulante, Maestra Vida, y entre las labores que he desempeñado una que me ha marcado más significativamente es sin duda la de estar en la entrada del local.

Mientras los parroquianos viven la rumba al interior, por la calle y la vereda, transita un universo de personajes: seres que buscan un lugar, seres que están perdidos en la noche, seres que saben dónde van, o seres que simplemente están.

De estos últimos hay un grupo que es especialmente llamativo, pues al parecer la dinámica del boliche los llama como polillas tras la luz, y rondan con dedicación la esquina de Pio Nono y Santa Filomena.

A eso personajes los denominamos “habitantes de la vereda”: locos, vagabundos (ahora se les denomina personas en situación de calle), bandidos, borrachos y drogadictos que están tocando alguna sima en sus existencias, puede ser viviendo en la calle, o en la ribera del río Mapocho que está a unas cuadras al sur de esta coordenada.

En la sociedad de la estructuración, la segregación de conductas disruptivas  en lugares especializados es la norma, espacios que la técnica se ha encargado de darle un estatus de normalizador: la cárcel, el hospital psiquiátrico, clínica de rehabilitación, el albergue. Cada una de esas instituciones pretende contenerlos.

Por eso es que impacta a la mirada aséptica de la modernidad encontrase con alguno de esos personajes, uno tras otro, pidiendo, pechando, robando, impacto que rápidamente es adormecida por la fiesta, o la costumbre, y en una especie de mimetización se mezclan con el paisaje de juerga, conteniendo cualquier reproche, sin conciencia que  esa asepsia es una cuestión de reciente construcción, más cuando entendemos que aquellos personajes han coexistido desde siempre con la urbe: el bandido y la subversión de la propiedad privada; el loco que es venerado en muchos lugares como intocables, y su segregación es tal recién desde mediados del siglo XIX; el vagabundeo es contenido por la beneficencia estatal o privada.

Como sea, en el entorno de la Maestra, estos habitantes adquieren una identidad, puede ser con un nombre de pila o un apodo, con lo que logramos darle una denominación: Richard, Chirley, “ComeGato”, Maradona, “viejo del saco”, el Gitano, “Shakira”, Luly… cada uno con una historia, cada cual y a su manera defensor de su condición, aplanando calles y salvando el día a día.

Tal vez, el único momento donde la condición de callejeros le pasa la cuenta es en los meses de frío y lluvia, pero así y todo mantienen inalterable su forma de sobrevivir.

Desde el primer tiempo en que trabajé en el boliche la presencia de estos personajes determinaba de algún modo la existencia de un afuera/adentro, la razón de la frontera, la distancia de los que están excluidos de la rumba, no porque no pudieran ser un aporte integrando al boliche, sino porque hay un equilibrio precario que debemos reconocer, entre lo que sucede en las distintas partes de la rumba de Maestra, donde se mezcla baile, alcohol, a veces algo de lujuria, y jauja, y en que los participantes tienen un pacto que respeta cuestiones mínimas en cada jornada, y que va más allá del valor del ticket, y estoy asumiendo que hay locos, vagabundos y bandidos que participan regularmente en la fiesta, en efecto, muchos de los rumberos tienen esas características, pero el punto es que el requisito es dejar esa condición en la vereda, en sus casas o en los lugares de habitación, es el único ropaje que no deben portar al interior, todos y todas son simplemente rumberos.

Pero hay excepciones. Una de esas es Guillermo. Algunos lo conocen como “monito” o “Maradona”. Ha sido un amigo y compañero leal de rumbas decenas de noches. Él tiene la doble condición, la mayoría de las veces van unidas: es callejero y tiene descontrol con las bebidas alcoholicas.

Es un personaje del barrio, conocido por muchos porque en años pasados trabajó ayudando en el extinto “Los Ladrillos” donde era una especie de mozo del administrador.

Llegó al local será unos 12 años de la mano de Julio, con la disposición a ayudar en lo que fuera a cambio de respeto, unas monedas, y el alcohol que pudiera “rescatar” de la noche.

Pero además tiene un extraordinario bagaje salsero, conociendo, desde el tiempo en que trabajó en “Los Ladrillos”, algunas salsas clásicas siendo sus preferidas las de Héctor Lavoe “Juanito Alimaña”, “Periódico de Ayer”, pero especialmente la versión de Roberto Torres “Caballo Viejo”, un himno a la belleza de la vida en voz de un viejo que canta su existencia en la historia de su jamelgo.

Otro de los que han rondado por siempre la Maestra es Richard. Probablemente, el más delirante de todos los locos que transitan por el sector, un verdadero pensador de la complejidad de la vida, situado al costado del pensamiento medido en la corrección, ideas que muchas veces se impiden siquiera exponerse como una posibilidad, por ejemplo, cuando años atrás pasaba con su mirada bizca, se acercaba al interlocutor como intentando cerciorarse de una reacción y lanzaba un sentido “… las mujeres son nefastas, nefastas!!!” y sin siquiera esperar una respuesta daba media vuelta y seguía un camino indeterminado que lo llevaría nuevamente, más tarde que temprano, a la puerta del local.

O Luly, una mujer de pelo revuelto y platinado que al pasar por la puerta realiza una bendición que termina coquetamente con un beso en la mejilla del ocasional portero del local.

Pero una de las integrantes más extrema de este club es sin lugar a dudas Chirley. De ella no se sabe mucho. Se dice que de escolar, será hace menos de 10 años, llegó al barrio pidiendo trabajo en los locales del sector, y que con los días se fue quedando, mutándose en un ente alcoholizado, sin aparente conciencia de su condición, buscando cerveza y cigarros que si no se le entrega voluntariamente puede arrebatarlos de los parroquianos que comparten en las mesas de las terrazas de Pio Nono, y por lo tanto, en permanente disputa con los meseros, quienes muchas veces la espantan lanzándole agua.

En general no es violenta, pero claro es violento verla pasar, cual animalito, hace sus necesidades en el lugar que el cuerpo le pide desaguar, sin importan otra convención más que su propio impulso.

Pero hay algo que sí es notorio para todos los que la vemos estar en el barrio, su ritmo, así es, ella tiene un especie de ritmo que en ocasiones la hace mover su cuerpo destrozado, con un cigarrillo en la boca, un vaso en la mano siguiendo la música del sector.

Todos estos habitantes están inscritos en la noción misma de identidad del barrio, de muchos de los locales que componen su mosaico, como Maestra Vida, del paisaje que hacen de las cuadras que va de calle Santa María hasta Domínica al norte, y de Constitución a Loreto por el poniente un gran patio de bandidos, locos y alcohólicos normalizados y los otros que están expuestos, en las veredas, sin otra careta que sus propias cualidades.

Sin ellos no sería lo mismo la Rumba.

Caronte

Las mujeres, la noche, la Maestra

Los últimos 10-12 años, excepto mis temporadas de meses fuera de Chile, he vivido casi todo el tiempo en el centro de Santiago, a una distancia máxima de unos $4000 pesos en taxi desde Maestra Vida. O de unos minutos de pedaleo o a unas cuantas cuadras caminando. Me he ido y venido casi en todos los transportes posibles y aunque la bici sigue siendo mi opción preferida, la distancia de mi dirección actual, mis horarios y sobre todo mis cansancios, no me permiten moverme siempre en ese transporte. Este privilegio, es palpable y comprensible casi exclusivamente a cuando la realidad difiere de esa maravilla, como mi realidad de ahora. Antes y después, he vivido en la periferia, en el sur y en el sur-oriente de la ciudad, en zonas consideradas rojas o peligrosas. Entre 45 minutos y una hora y media de distancia en micro o metro+micro. A veces, 10 minutos en colectivo. Una hora en bicicleta, sumando a los cambios de temperatura y hasta cocaví que debo considerar en cada salida. Osea, entre el deseo de bailar y estar efectivamente bailando, siempre hay al menos 2 horas de distancia.

Y esa distancia no es sólo física, sino mental y social.

Vivir en la periferia, no sólo tiene que ver con que es lejos y peligroso, sino también que no se estila, no hay transporte público en ciertos horarios y en algunos casos tampoco otro. Que las ciclovías tienen un standar muy parecido a “las hicimos con la punta del pie (?) y con los ojos cerrados”.Que la iluminación es pésima.

Y se vienen las preguntas que me he planteado cada vez más.

¿Puede alguien de la periferia, disfrutar de la cultura, de ir a un concierto o ir al rito rumbero de ir a bailar? Y antes que la pregunta sea respondida, pongámosle un grado de dificultad

¿Puede alguien, mujer o de alguna disidencia sexual ( y ni hablar de que además tenga un cuerpo no hegemónico, sea afrodescendiente, se vista no convencionalmente) disfrutar de la cultura tan fácilmente?

Maestra Vida/Mujeres/Goce/Noche

Es por eso que MV pasa a ser una especie de oasis para la mujer que los últimos 30 años ha decidido bailar y frotarse con otros cuerpos en un espacio ni tan privado ni tan público. La mujer adulta mayor con sus canas al viento o la jovencita que recién cumplidos los 18 que va a ver a su banda favorita. Un lugar donde las mujeres pueden encontrarse con otros cuerpos en movimiento. Un lugar donde una mujer puede beber sola en una barra o puede entregarse mutuamente con otros entes, a bailar con otros alguienes con o sin el interés de algo más. Puede bailar por años con alguien y no saber ni su nombre o puede enfrentarse a personalidades del mundo de la política o la televisión, sin aspavientos.

De repente hay un lugar donde una mujer no necesita chaperones, no necesita estar ni siquiera en el canon heteronormado de tener genitales femeninos e incluso, ni siquiera debe vestirse o “parecer” tal. No hay dresscode ni exigencia de zapatos o la imposibilidad de usar cierto vestuario, como en otros lugares. Y aunque emula cualquier otro espacio, cubierto de un machismo propio de la época, aunque las letras de las canciones y el público sigue siendo mayoritariamente héterosexual y siempre más cargado a los varones,  creo que tiene un poco menos y un poco más de masculinidad convencional. Un lugar donde mujeres pueden ir solas por el sólo gusto de bailar, de disfrutar, de reír, de vestirse como quieran.

Hay un acuerdo tácito con mantener los límites y ciertas prácticas como mantenerse bailando con distintas parejas, pareciera una práctica no común en otros espacios dedicados al baile, donde la misma gestión pudiese ser una sentencia de muerte. Así como en el tango o en la cueca, compartir con personas que tienen una pareja sexoafectiva unos bailes, es parte de la mecánica y todo bien. O casi.

Si pudiera pedir un deseo al universo, al universo rumbero, al mundo de la noche, a los dioses que no sé si existen o si nos protegen de las noches y sus oscuridades, es que las mujeres podamos sentirnos cómodas en todos los espacios. Y que si queremos salir a bailar, a viajar, a caminar, no tengamos que estar pensando en nuestras culpas fantasmas por vestirnos de tal manera o en tal horario.

Y aunque hueones pencas, seguirán habiendo y prácticas patriarcales están en proceso de deconstrucción a veces más lento de lo que quisiéramos, y aunque siguen habiendo letras que nos recuerdan el eterno papel de la mujer sufriente, es probable que, si me preguntaran por un lugar donde mi cuerpo se siente en libertad de vestirse como se me dé la regalada gana, en moverme como se me cante; coquetear y relacionar mi cuerpo con otros cuerpos dejándome llevar sin excusas  y moverme con libertad; y que por último, en caso de emergencia, sé que podré defenderme o a quién recurrir, es en esa pista, esa barra, esas afueras. Gracias por, de alguna manera, construir un oasis de libertad para las mujeres, a veces tan esquiva, incluso el 2019.

Resistir desde el sur danzante: estrategias para una rumba eterna


“En los Andes, en el Sur, en ese cielo donde “otras estrellas nos miran” el cuerpo es también el reducto profundo del que nace la ética interpersonal, la empatía colectiva, el llanto y la solidaridad. Amar, luchar, caminar, resistir pueden llegar a ser experiencias políticas, formas de decir que tejen un sentido sin apelar a la palabra, que interpelan a la sociedad dominante y al Estado”.

Silvia Rivera Cusicanqui- Hambre de Huelga (2010)

“Yo no soy médico ni abogado, ni tampoco ingeniero, pero tengo un swing que todos quisieran tener”.

El Gran Combo – Mi Swing.

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Consideraciones sobre las prácticas y estrategias de la enseñanza de la salsa en Chile.

En este espacio queremos compartir algunas reflexiones surgidas a partir de varios años de enseñanza y observación de los procesos de aprendizaje y baile de la salsa en Chile. De estas disquisiciones ha resultado una revisión y reformulación de ciertas formas y contenidos presentes en algunos modos de enseñar- aprender a bailar salsa.
La salsa es música y expresión cultural propia de regiones latino y centroamericanas. Su origen y producción responde a idiosincrasias propias de un contexto caribeño, que en términos generales, se caracteriza por ser alegre y dado al goce y la fiesta.
La salsa, como ritmo y baile, se ha extendido en el mundo entero, desplazándose su vivencia -originalmente callejera, de placer y festejo- a escuelas de baile y contextos más formales y estructurados. Este fenómeno no sólo ha alejado el baile de la salsa de algunas formas, contextos y motivos de originarios, sino además ha ido acompañado de un proceso de mercantilización, volviéndo el “ejercicio” de la salsa en una baile fuertemente estandarizado y expuesto a desarrollo de diversos mercados.

Queremos, en relación a lo anterior, destacar dos tópicos que observamos en esta “nueva salsa bailada”. Estos nos parecen relevantes de considerar en nuestro análisis dado que combinan de una manera especial y curiosa lo más tradicional con lo más nuevo. Por una parte, la enseñanza de esta salsa ha mantenido elementos originarios, tales como la comunicación machista y unidireccional del baile, en desmedro del desarrollo de una comunicación dinámica y bidireccional entre los bailadores. Por otra parte, los aportes procedentes del mundo de la danza más formal y académica, la han posicionado como una disciplina concentrada en el desarrollo y práctica de destrezas, más que en el goce y el festejo.

Lo que nos ocupa hoy es una revisión de ésta “nueva” Salsa, con el objetivo de discutir y replantear formas y contenidos que en su enseñanza hoy predominan.
En nuestros procesos de enseñanza postulamos visualizar el baile como un proceso de comunicación dinámico y lúdico, donde la interpretación recíproca de simbologías corporales da lugar a la acción y reacción corporal que construye y alimenta el baile. Así la participación activa involucra a ambos bailadores en la composición de su baile-conversación, demandándoles ésto una conexión consigo mism@, la pareja y la música. Desde nuestra mirada, el círculo se cierra cuando este triálogo* se centra en el goce, la libertad de expresión y el respeto por sí mismo y el otro.

Esta reformulación del proceso de aprender- enseñar a bailar salsa es sólo posible si cuestionamos y reflexionamos sobre ciertos “saberes” aceptados y normalizados en relación a las dinámicas del baile en pareja, y replanteamos sus formas comunicativas, sus sentidos y sus contenidos (continuará).


Paulina Parra

Directora de Chivichana

No se bailar salsa…30 años de Maestra Vida

Caminar por Santiago hoy, significa escuchar una serie de lenguas, sonsonetes y ritmos diversos, entregarse al aroma de nuevos sabores y olores, con un ritmo de vida distinto, alegre, ese del que nosotros, los nacidos al sur del mundo, acostumbrados al frio, la neblina y la garüa, nos parece lejano, casi de otro mundo. Es por eso que escribir sobre los 30 años de la Maestra Vida, se me vuelve todo un desafío, me hace volver en el tiempo, al San Fernando de inicios del 1989, y al recordar mi infancia la pienso como un vacío sonoro, como la imposibilidad de recordar un sonido definido, diferente, que contraste al tono gris de las noticias en la radio, de una guitarra solitaria, o el silbato del tren apagándose a lo lejos que se funde con un jingle que avizora la alegría, que con el tiempo perdió su sentido porque la alegría nunca llegó.

Y en la adolescencia, cuando la plata escaseaba, con los cabros nos juntábamos para, a través de una cucha, buscar la felicidad en el fondo de las primeras cervezas que tomábamos en la esquina de la cuadra, había música, pero nunca era alegre, nunca era bailable y nunca había mujeres. Hasta que una noche, calurosa como las de verano, uno de los cabros llega con una noticia caída del cielo. Nos cuenta que hay una salsoteca que deja entrar gratis. El único requisito para hacerlo es asistir antes a unas clases de salsa.

Que distinta se ve una salsoteca sin sus luces de fiesta, sin más público que diez personas intentando bailar desafiando la rítmica, la coordinación y la elegancia. 1, 2,3 TA! 1,2,3, TA!, 1,2,3, TA!. me dice la profe, tomándome las manos, mirándome a los ojos y yo, a pesar de hacer mi mejor esfuerzo, me pierdo en el ritmo, mis pies torpes parecen de hierro mientras cadera y hombros parecen unidas por soldadura. Mejor hacer el ridículo de frentón y conseguir una risa honesta, que me dé una segunda oportunidad de probar mi capacidad en el baile.

Ya más suelto y sintiéndome el rey del 1,2,3, rondo la fiesta siendo de los mas chicos del local. Tras varios intentos de bailar con mujeres “que cumplan el estándar”, termino bailando con una mujer que podría ser mi madre, pero a esa altura de la noche lo que importaba era bailar, no con quien. El calor sube, los cuerpos sudan y la sed se aplaca con un coñac, trago que al parecer se encuentra jubilado.

De pronto el ambiente cambia, suena una música que genera un grito largo, fuerte y agudo, desde las mesas se paran corriendo grupos de amigas para ubicarse, al igual que en una película gringa, al medio de la pista. Las mujeres que ya estaban en la pista despachan a sus parejas. Un cambio de luces y comienza una gran coreografía grupal, que todos conocen milimétricamente, y yo ahí parado en medio sin saber que hacer ni ahora ni más tarde. Un par de empujones y pisotones bastan para que mi compañera de baile me saque de la pista.

Miro desde el costado las tres o cuatro canciones que siguen, la pista entera al unísono girando, aplaudiendo, riendo, haciéndome sentir extraño, ajeno, como si el pasado volviera en forma de incapacidad de disfrutar, de expresar corporalmente la felicidad, de abrirse a nuevas experiencias, para hacerme ver una vez más, igual que antes, igual que muchos, que yo no he de ser parte de la fiesta.

Pero el tiempo pasa y el futuro no llega, ante el retraimiento social, la vida enajenada y la agonía de la política. Hoy más que nunca, cuando la ciudad se encuentra llena de la américa diversa es que la música -y especialmente la salsa- funciona como un conjuro que sale de lo privado e interpela como un leguaje universal a buscar la alegría, la mirada en el otro para así reconstruir un nosotros y para eso necesitamos a todos, incluso los que no saben bailar.

 

Jimmy Bustamante