Sesenta días que estremecieron Chile: un tsunami

Por Hugo Catalán Flores

Los tsunamis son fenómenos con una fuerza absolutamente impredecible, arrastran todo a su paso. Actualmente, existen tecnologías que permiten dar ciertas certezas sobre qué tan probable puede ser su ocurrencia, aunque nunca se podrá establecer de antemano el impacto hasta que ya se recoja de vuelta al mar.

En esta columna pretendo constatar dos ideas. Una a modo de enunciado aprovechando la posibilidad que aporta la metáfora del tsunami, y otra el impacto de la explosión social en estos casi dos meses de iniciada la «Rebelión del Torniquete».

Una de las consecuencias de este proceso ha sido evidenciar la falta de previsión de algunas ciencias sociales respecto de la ocurrencia de un fenómeno como el que estamos viviendo. No hace falta reiterar la absoluta sorpresa de la inteligencia y la academia sobre el 18-O, aunque hay honrosas excepciones que señalaron que se encubaba una rebelión de cierta magnitud cada vez que existía una explosión de violencia social en algún rincón del territorio, verdaderos temblores que hacían predecir la posibilidad de un gran terremoto y, por supuesto, la llegada de un tsunami.

Y justamente estamos en pleno cataclismo, las aguas aún están ingresando en lo profundo del territorio, arrastrando lo sólido y lo blando del sistema neoliberal, golpeando a los dueños de la patria que dormían plácidamente la siesta de la complacencia, convencidos de que todo estaba bajo control, sin mayores sobresaltos que pudieran hacer sospechar que aquella ola estaba en camino.

Hay una poética sobre Chile, se dice que es un país de terremotos y tsunamis, así como de experimentos sociales y políticos. Por ejemplo, la Constitución de 1925 permitió que proyectos de distinto signo se desplegaran con relativa tranquilidad por casi 50 años, todos modelos que se entendían desde la matriz de la modernidad, reformas que abrían el acceso a bienes y servicios que hasta el primer cuarto del siglo XX eran impensados para la gran mayoría de la población.        

Esas décadas de avances sociales estuvieron en connivencia dentro de las lógicas institucionales que la elite toleró, aceptadas por las buenas y algunas veces por las malas, aunque siempre los grupos que detentaban el poder tuvieron temor al cambio, mediados por un atavismo golpista, un impulso de «dueño de casa» por el control y el orden que podía bailar la música que le pusieran, pero que cuando ya sentía que la fiesta se le escapaba de las manos, terminaba la juerga.

Así fue la última vez que ese miedo a las transformaciones y reformas llevó a exigir que la violencia armada resolviera lo que los grupos subalternos empujaron hasta el año 1973.

Después de resuelta la ilusión popular y reformista, la contraofensiva de las elites fue una refundación absolutamente radical, y que implicó un nuevo orden institucional, social, político y cultural que impregnó cada capa de la sociedad y que se expresó en una constitución y una serie de leyes y reglamentos que coherentemente dieron sentido al nuevo sistema. Nunca estaría de más leer el clásico de los noventa Chile actual, anatomía de un mito, del profesor Tomás Moulian.

Eso que parecía una utopía para los grupos que detentaban el poder, que el mercado fuera el que designara y regulara las necesidades humanas, se institucionalizó en el neoliberalismo, entendiendo ese orden como lógico y deseable.

El economista y gurú de los ultramonetaristas, Milton Friedman, comentó, en una visita que realizó hacia fines del 70 al dictador, lo sorprendente del sistema de transporte público de la capital, donde cada chofer era potencialmente un empresario que competía en una red mínimamente regulada por el Estado para ganar pasajeros, en un certamen que hacía aumentar las utilidades, servicio que era capaz de ser garantizado por el mercado.

Esa noción fue naturalizada incluso por quienes estaban en oposición a la dictadura, lo asumían como un paradigma que requería perfeccionarse, pero que sí era viable.

De eso se trató el experimento neoliberal que fue implantado en un contexto de estado de shock, como tan claramente describe la ensayista Naomi Klein en el libro homónimo.

Esa refundación fue en estado de «inconciencia» (shock) de los grupos sociales que no pudieron oponerse, oposición que sí se ha demostrado en la historia de otras latitudes en las últimas décadas; donde existe algún nivel de democracia, las comunidades no permiten refundaciones neoliberales, se niegan a la competencia desregulada del mercado asignado como bienes en dimensiones tan vastas como agua, salud, educación o transporte público.

Este tsunami es la primera revuelta en regla contra un sistema neoliberal instalado también en regla. Es la crisis de los fundamentos neoliberales que operó como un gran inhibidor de las subjetividades de quienes eran afectados por las externalidades del modelo, pues sus mecanismos de control fueron impuestos en dictadura, y cuando se retornó a la democracia —de los acuerdos—, el sistema fue perfeccionado. Los que fueron opositores devenidos ya desde los noventa en autoridades de estado, profundizaron el esquema a niveles de paroxismos, ya que, a diferencia del shock, la democracia tiene reglas comunes para todos aquellos que se validan en el juego de los consensos, creando políticas públicas realistas y en la medida de lo posible, que es otro paradigma que fue machacado por la hegemonía de representaciones institucionales.

Pero las subjetividades también tienen límites, y cuando se rompe el encantamiento, la historia ha mostrado muchas veces las consecuencias. En este caso, se dejó de tolerar eso que para la elite y el discurso hegemónico era lo «normal», que muchos aspectos esenciales de la vida eran (y son) bienes de consumo, que fue justamente la imagen que tanto le gustó al gurú neoliberal: las máquinas de un transporte público desregulado compitiendo por ganar pasajeros-consumidores, y era tan coherente la idea del mercado que esa noción fue institucionalizada con rango constitucional, amparada en el tercer inciso del artículo primero de la Constitución de 1980 y que pasó colada como dogma hasta hoy: el principio de subsidiariedad.

Esos símbolos son las banalizadas, los símbolos de aquellos artefactos y espacios en que el mercado ha generado un nicho de oportunidad de capitalismo extremo, sin control ni regulación, o al menos con mínima intervención estatal.

En el camino de este tsunami se han ido mezclando una tóxica combustión de discursos antisistema refractarios, delincuencia oportunista y otras expresiones de bajo pueblo (categoría historiográfica pertinente para el caso) descontento con las formas del discurso existente y muchas veces arrogante de las elites, que sumado a una autoridad especialmente insensible de políticas públicas, que han postergado por décadas el chorreo, nos tienen en un punto de inflexión, expectantes de los acontecimientos que van agregando día a día nuevos elementos para entender las salidas, unas más sustanciales para la expectativa de aquellos que buscan cambiar el futuro para siempre y lejos del neoliberalismo.

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