La calle feminista: La ciudad también es nuestra

Este texto pertenece a una trilogía de escritos de la misma autora,relacionados con la calle en estos días de manifestaciones en Santiago de Chile.

Es lunes y mi corazón lo sabe.

Cada vez que vuelvo a la calle, cada vez que estoy en la Alameda cerca del GAM —espacio que habito muchísimo durante el año y que ayer por primera vez vuelvo a entrar desde que todo empezó— mirando hacia Plaza Italia, vuelve la esperanza.

Esa esperanza, que me comen los matinales dándole tribuna a chuchasdesumadres que trabajaron en gobiernos anteriores o en el Parlamento, teorizando de lo que nos ha pasado, los videos de gente golpeada, pensar en los ojos perdidos, las cuñas de los políticos hablando de desmanes y no de la gente dañada por las policías.

Este lunes 25 de noviembre es distinto.

Estoy en la Alameda, con el torso descubierto, con las tetas al aire, encapuchada y con unas antiparras muy similares a las que se deben usar para la nieve o para hacer snorkel, pero no lo sé con exactitud, no he hecho ninguna de las dos. Estoy hace horas por el sector preguntándome si voy a ser capaz de andar con las pechugas al aire en la principal calle de la ciudad. Que van a sacar fotos y videos, que si estoy dispuesta a eso. Que a casi toda de mí ahora le da lo mismo, pero a la yo del futuro no sé.

Nos quedamos de juntar en el Crowne Plaza, y a las que esperábamos nos llega agua del guanaco, el camión lanzaaguas de Carabineros, con un agua tóxica que nos arde la piel y por varios días la boca. Nos juntamos con las que zafamos de ahí, vamos cruzando la Alameda zigzagueante, cuidándonos de pasar hasta donde estaba el resto de las chicas. No nos conocemos, pero nos cuidamos, el ejercicio que hemos desarrollado todos estos días en la calle: cuidar al de al lado. El ejercicio feminista en sí: cuidar a la otra. El gesto político de amor: el cuidado del otro, independiente de cualquier otra diferencia, entendiendo que entre mujeres estamos más en peligro. Una chica me dice que qué me quiero rayar, le pido que escriba «Latinoamérica unida». Llevo la emoción de ver los levantamientos de Ecuador, Colombia, Bolivia, recordar las palabras de mis hermanas latinoamericanas con las que seguimos en contacto por el tema de la bicicleta y el feminismo.

No hay ningún otro contexto más que artístico o político que me permita socialmente hacerlo, porque nací mujer y, a pesar que estamos en el 2019, eso va contra las leyes de la moral y las buenas costumbres de mi país, contra la extrema moralina del no consumo en Instagram.
Me encuentro con una de mis mejores amigas, y cuando ya estaba desnuda, veo a un chico con cámara que me dice en un acento raro «¡Mapapo!». Es Mateo, uno de los fotógrafos autorizados para fotografiar, siento la primera noción de «chucha, estoy desnuda ante gente que puedo conocer».

Algunas conocidas se quedan con ropa, resguardando también que las que vamos así podamos avanzar. No es extraño que sean decenas de hombres los que hay que estar continuamente sacando del paso, que nos dejen pasar entre sus cámaras, porque (¡oh!, sorpresa) es más importante lo que ellos quieran registrar que el acto en sí de hacerlo, como también ha pasado en otros espacios y pasará más adelante en el Gam y en Plaza Italia.

Para algunas mujeres y hombres supongo que no les hace sentido y todavía tienen el discurso que la mujer debe taparse, hacerse valer y mantener el recato, pero, para mí, tiene el sentido político que me entra en todas las playas, hostales y contextos veraniegos, públicos y expuestos, que he visitado los últimos años. 

Tengo calor, pero soy mujer. Quiero quemarme parejo, pero a alguien le puede incomodar, o la incómoda voy a ser yo por la mirada de los otros —como esas miradas que es una cagada recibir de cualquiera que no queramos—. No sé si todo el tiempo tengo la fortaleza de ir contra el mundo, pelear y enfrentarme a gente de mierda. Como muchas, estoy cansada algunas veces y cedo a taparme para no pasar un mal rato, y me hace ruido hace rato. Pero es 2019 y todavía las tetas al aire es un tema, el cuerpo parece que no fuera mío, sino que debe estar a la orden de otros, de lo que decidan otros, de lo que esperen otros, de lo que debe ser.

#LasTesis #Elvioladorerestú #Unvioladorentucamino

La manifestación convocada, propiciada y empujada por #Lastesis tiene varios aspectos para ser lo que es hoy: un grito de lucha que le hace sentido a miles de mujeres.

Dice un texto desgarrador y real.

La cultura de la violación donde el culpable no es solo quien perpetra el hecho, sino todo un sistema que lo permite: los jueces, la policía, el estadio, el Gobierno. También son culpables los que protegen y apoyan, los que encubren. También las políticas públicas que no tienen una mirada feminista al planificar las ciudades por donde nos movemos. Los que hacen las leyes que maldicen a la mujer con caminos más largos para desarrollarse y llevar la vida en todos los aspectos, «nos juzgan por nacer».

Otro de los aspectos, es como inicia este artículo: la calle.

La manifestación no es solo un video reproducido en nuestras redes sociales, que es la consecuencia de: es una convocatoria a que las mujeres se planten en la calle y realicen con su cuerpo una performance, me atrevería a decir, en términos políticos, nunca antes vista. ¿Sabes cuánto le cuesta a una niña/mujer/adolescente/mujer mayor salir a la calle y disfrutarla? ¿Sabes cuánto le cuesta a una mujer pensar en trayectos, ropa, sensación de inseguridad, caminos y rutas más largas, transporte, para no ser acosada/violada/agredida a diario? ¿Saben cuántas veces nos repitieron que éramos unas complicadas y que juntarse con otras mujeres era terrible?

Que las mujeres estén utilizando la calle para otros fines que no sean estar al cuidado de otros, haciendo trámites para otros, sino hermosa y dolorosamente, usándola para sus fines, es realmente significativo. Utilizar el espacio público para el disfrute, el goce, es algo que me hace pensar que la utopía maravillosa de atravesar ciudades con la bandera de «la ciudad también nos pertenece», «La ciudad también es nuestra», es real y concreta. La siento así, la estoy viviendo así. Estoy mirando a mis compañeras salir a las calles y gritar sin miedo.

Hace unos días, antes del impacto de #LasTesis, planteaba en mi perfil de Facebook que la revolución sería feminista o no sería, y fui acusada (¡oh!, sorpresa, por hombres) de lo que usualmente nos acusan a las mujeres que pedimos lo mínimo: querer dividir el movimiento. «Este es el momento de estar unidos», «qué importa si quien habla en la tele es un funado por violencia o por abuso, lo importante es la causa». 

La verdad, no me extraña demasiado: eso es lo que nos dicen siempre. Que por hablar —de abusos que nos hicieron A NOSOTRAS— estamos «dañando» a personas, familias, agrupaciones y hasta a la causa. Lo que debemos hacer es seguir guardando silencio, no creer hasta que se compruebe ante la ley (en Latinoamérica, donde los juicios de cualquier cosa son absolutamente injustos y cegados de machismo) y ojalá seguir potenciando liderazgos de hombres hétero cis blancos y privilegiados, tanto que se está discutiendo sobre la cuota de paridad en la X constituyente. «Y nuestro castigo es la violencia que no ves».

Porque pareciera que a nadie le importa que las mujeres somos personas y como personas no queremos que violen nuestros derechos humanos, y un derecho humano es, además de mantener nuestra integridad sin ser abusadas, agredidas, minimizadas, es ser y transitar libre. ¿Y quién puede ser libre guardando tamaños secretos? ¿Quién puede ser realmente libre cuando lleva y carga dolores tan profundos dentro? ¿Quién puede caminar libre cuando la ropa, la hora, por donde uno caminó, si miró o no miró, la forma de su cuerpo puede significar terminar muerta o agredida? ¿Si hasta usar el espacio «público» es un problema?

La imagen mental de estar en plena Plaza de la Dignidad, repleta de mujeres (y cuando está lleno de mujeres no siento miedo) haciendo la performance que ha dado la vuelta al mundo o estar en tetas por la Alameda con otras tantas mujeres protegiéndonos, no se me va a olvidar jamás. Agradezco las instancias que me hicieron llegar ahí. 

Saque las fotos que saque, vea los videos que vea, la sensación corporal y hasta espiritual de que «la ciudad también es nuestra» es real y concreta, y que es cierto, está sucediendo, conchetumare, no se imaginan qué se siente eso.

Ese eslogan que hicimos pa’ la primera cicletada de las niñas y que es lo que quiero seguir trabajando en los ámbitos que me permita la vida: la autonomía, la libertad, la confianza, la sensación de que cualquier espacio, sobre todo la calle, es más seguro mientras más mujeres hayan, mientras más intervenciones hagamos, mientras más mujeres nos encontremos en la ruta y nos protejamos, mientras toda la sociedad entienda que las cosas estaban mal y aún más para las mujeres y que eso puede cambiar, me lo tatuaría en todas las cicatrices que me ha dejado este sistema machista, violador, opresor e injusto.

Sigamos tomándonos todas las calles, todas las instancias, todos los espacios. La calle también es nuestra.

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