La destrucción del neoliberalismo comenzó: la crisis que no termina

Por Hugo Catalán Flores

El vertiginoso paso de los acontecimientos, mientras intentamos entender lo que está sucediendo en cada nueva jornada, con debates en las calles y en los salones del poder, empuja la crisis a niveles que desbordan las resistencias del sistema.

Se ha hablado extensamente sobre el sentido y dirección de esta crisis: que si es de una parte o de todo el sistema, que si es la generación del milenio o si es el estío de varias generaciones acumulando rabia. También se debate si acaso es el fin de la era de privilegios para la élite que ha gobernado los destinos de este territorio por casi 500 años y que, en una línea claramente identificable, se puede señalar desde las primeras familias castellanas hasta los nuevos grupos de poder que determinan cómo nacen, viven, envejecen y mueren millones de chilenos, los que cada día deben soportar los derroteros que impone el neoliberalismo.

En una columna publicada en este medio el miércoles 16 de octubre, saludábamos la eclosión evasiva de los estudiantes, reconociéndola como una práctica recurrente en distintos momentos de la historia de Chile, especialmente desde el siglo XX, en que fueron ellos los que impulsaron reclamos sentidos por la sociedad, y que en ese mismo impulso sumaron a otros grupos sociales de la periferia del poder. En ese mismo texto señalaba que una de las cuestiones que más daño le había causado a la «politicidad» de la población mayor de 30 años había sido la revolución neoliberal desde la década de 1980, donde se instaló un paradigma complejo de redes que abarcaban la totalidad de dimensiones sociales, portando una carga valórica que rediseñaba aspectos de la cultura de los habitantes de Chile. 

Todo aquel proceso fue profundizado conscientemente por la dirigencia «concertacionista», que en una sumatoria de realpolitik asumieron un itinerario junto con los funcionarios políticos de la dictadura —devenidos en congresistas democráticos— y que, en aras de una transición sin traumas, proyectaron aquellos valores globales y pragmáticos.

Por lo tanto, los esfuerzos por conducir un proceso de desmontaje del sistema neoliberal, con su institucionalidad heredara de la dictadura, y asumida como propia desde el mismo 1989, terminaron por validar —aunque siempre con un dejo de ilegitimidad— al neoliberalismo.

En ese escenario, era claro que la idea de una gran explosión social, de grupos que habían sido cooptados por el modelo por la vía del acceso masivo y casi sin discriminar, en conjunto con los créditos que permitían adquirir de modo ilimitado bienes de consumo, sumado además a que los medios de comunicación incentivaban una permanente campaña de estímulo al consumismo, la transformaron en una idea extraviada de una izquierda trasnochada en los devaneos de un pensamiento del siglo XX.

Tal vez, el ejemplo más evidente de la relación de todos los elementos de esa reformulación ideológica de la sociedad chilena desde la dictadura, es lo que se da cada año con la campaña de la Teletón. 

El esquema parece simplemente perfecto y su longevidad da cuenta de la buena salud del negocio. Es un tándem que une consumo y espectáculo. Por un lado, tenemos una necesidad real y afectiva: la infancia con capacidades diferentes que el Estado no puede asistir, por lo tanto, una campaña aflora donde la columna central es el consumo de bienes y servicios masivos, los que permiten recaudar cuantiosos recursos para construir y mantener una infraestructura de primer nivel para la rehabilitación de aquellas personas. Eso sí, todo esto sostenido en un show mediático de impacto nacional que casi obliga a la población a conocer de modo morboso el relato de decenas de beneficiados por la fundación. 

Desde una perspectiva ideológica, tenemos que se apela a una función subsidiaria de parte de grupos intermedios: la fundación y todas las empresas asociadas, siendo el Estado un observador, y a lo mucho facilitador de la campaña, donde los entes públicos no tienen mayor injerencia. El mercado transforma esa necesidad en una oportunidad, asumida bajo el concepto de Responsabilidad Social Empresarial, con el objetivo de apuntalar sus marcas y productos, que además cuentan con importantes acepciones tributarias.

No es intención de esta columna cuestionar el aporte real a miles de familias que realiza la fundación Teletón, solo intentamos permitirnos ejemplificar un cambio profundo, duradero de construcción social de la realidad, donde los actos de consumo tienen la capacidad de responder a requerimientos tan urgentes y apremiantes como la rehabilitación de una persona, disminuyendo la capacidad del Estado para responder a distintos requerimientos públicos.

Por otro lado, el fenómeno de la apoliticidad fue un efecto central de la revolución neoliberal, asumida como una verdad incuestionable por muchos cientistas sociales en las últimas décadas, aunque las señales de que internamente algo estaba en gestación eran evidentes. Sin ir muy atrás, desde la «Revolución Pingüina» en 2006, pasando por la revuelta estudiantil de 2011, que se mezcló con la reivindicación «No a HidroAysén», en los años posteriores los movimientos «No + AFP», la campaña «AC por una nueva constitución política» y la revuelta feminista del año 2018, eran indicios de que existía un descontento en la población, los que pedían cambios más profundos y duraderos.

Entremedio de todas estas formas de oposición orgánica, hay explosiones mucho más focalizadas que se han dado. Estas tienen que ver con el descontento antisistémico, que explotaba anualmente los 30 de marzo y en septiembre, distinguiéndose como formas más bien inorgánicas, reactivas, aunque, así y todo, con esfuerzos de construcción social.

Como yo, muchos han visto con satisfacción, pero con un dejo de perplejidad lo equivocado que estábamos al analizar la realidad de millones de chilenos, que los asumíamos en contexto de la gran derrota de proyectos de transformación acabados a golpe de muerte el año 1973. Desde esa lucha contra la dictadura y con la transición de por medio, debíamos conformarnos con esas esporádicas explosiones de rabia para volver, después de las noches de furia, al trabajo, las deudas y la muerte, en un sistema que tenía todas las respuestas y el futuro escrito sin posibilidad de cambios.

La Revolución del Torniquete hace mención a lo que comenzó a cambiar de modo tímido un lunes 14 de octubre: fue un grupo de no más de 200 estudiantes los que realizaron una evasión al pasaje del Metro, como forma de protesta por el alza de $30 pesos a los boletos de los adultos. Cinco días después, ese acto de desobediencia se transformaba en el inicio de una rebelión, única en la historia de Chile, que no para aún y que cada día aporta nuevos hitos. 

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