«Rebelión del Torniquete»: crisis de las élites y nuevo pacto social

por Hugo Catalán Flores

Soy lector de El Mercurio desde hace muchos años (de mi tiempo de suplementero) y siempre asumo el ejercicio de leer sus páginas como una forma de estar atento al modo en que la élite de este país debate, informa e influye en nosotros.

En estos días he hecho el esfuerzo por leer críticamente, sin prejuicios, buscando entender, incluso empatizar con estos grupos sociales —especialmente la élite empresarial y política—. El esfuerzo me ha mostrado que estos grupos proyectan ideas que van desde el miedo a la resignación, manteniendo altas dosis de soberbia, en la perspectiva de mantener el máximo de sus cuotas de poder, influencias y beneficios, por lo mismo, se repiten nocionales binominales que pretenden acotar el conflicto, tales como caos/orden; prosperidad nacional/pobreza marginal; paz/guerra; constitución/anarquía.

Alguien me podría reclamar, ¿qué otra cosa se podría esperar de estos sectores sociales, que en el fondo es desde donde se ha perpetuado la desigualdad que tiene a Chile incendiado desde los cuatro costados del territorio?

El trabajo del historiador Gabriel Salazar podría ser útil para entender la reacción de la élite respecto de esta rebelión. Sostiene que existen dos tipos de crisis: una es de legitimidad y se manifiesta, históricamente, en la incapacidad de la élite para dar respuestas institucionales a las demandas de las mayorías, por lo tanto, cada acción que provenga de la autoridad estatal, que representa intereses diversos, pero sobre todo de las élites, encuadrándose en un orden institucional —en Chile heredero de la dictadura y su Constitución—, se deslegitima, y la gente deja de aceptar las respuestas de este pequeño grupo, expresadas por la vía de políticas públicas.

La segunda crisis es de representatividad. Nuevamente acá juega un papel central la élite, pues quienes representan a los grupos sociales, al pueblo, se autodenominan «clase política», y es en parte el problema, pues este conglomerado opera de modo homogéneo, autoreproduciendo mecanismos de control de entrada y salida de su círculo, sin contacto con otros grupos sociales de la periferia del poder. Es por esto que se ahonda una desconexión entre aquellos que toman las decisiones y los que asumen las consecuencias de las medidas legisladas, administrativas y jurisdiccionales.

Cuando esas dos crisis confluyen en un mismo momento histórico, lo que resulta es lo que estamos viviendo, en buena hora.

Pero en la historia estas explosiones sociales no son del todo nuevas, en la que la élite entra en una crisis de legitimidad o de representatividad respecto de los grupos sociales de la periferia (pueblo, mestizo, proletariado, indígena).

En Chile siempre los saltos institucionales (por ejemplo, las constituciones de 1833 y 1925) fueron jalonados por crisis sociales y políticas de cierta envergadura. En algunos casos, con reconocimiento de demandas sociales sentidas y amplias de la sociedad que se fueron incorporando en el nuevo orden que surge desde las cenizas del antiguo régimen, como sucedió con la novedad que significó la Constitución de 1925, que permitió dentro de su vigencia que diversos proyectos reformistas se desplegaran en ese siglo, desde conservadores, socialcristianos a marxistas.

La situación que crea la Constitución de 1980 fue un caso excepcional, en el sentido de que es la contrarreforma de la élite al proceso de acumulación de cambios más o menos profundos que vivió Chile desde la década de 1930; programas de reforma que en sucesivas aproximaciones intentaron allegar a una modernidad en regla, y que tuvo en el gobierno de la Unidad Popular su punto más alto, con la apuesta de un modelo económico mixto y desarrollista que intentó compensar las profundas inequidades materiales que existieron desde el origen de la república. 

En todas estas coyunturas, las élites estuvieron en el origen y salida de las crisis, configurando nuevos pactos sociales que lograron perpetuar estructuras sociales que en el mejor de los casos fueron la reproducción del papel rector de los grupos dominantes sobre gran parte de la población, manteniendo más o menos inalterable su ubicación segregada en la división social.

En esta coyuntura debiera devenir un nuevo escenario, donde el poder y las riquezas acostumbradas y acumuladas por la élite empresarial, el poder y la soberbia de la élite política, den paso a un nuevo orden más democrático, en que el sistema social y político tenga en vista las necesidades de las mayorías; de otro modo, el descontento no se va a detener.  

La historia señalará la profundidad e impacto de la «Rebelión del Torniquete» en la población, la chispa que encendió todo esto. Por lo pronto, la élite deberá asumir que la gente está pidiendo cambios reales, no menos que un salto que se construya desde las cenizas de las ventajas de aquellos grupos que miran impacientes el devenir de su mundo, es decir, un nuevo pacto social.

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