Toque de queda

Me acuerdo perfecto de lo que pasó el miércoles. A pesar de estar en plena preproducción, me escapé al lanzamiento del libro de Cristóbal González. Le avisé a mi mamá que probablemente me encontraría con la Denisse, amiga periodista y que probablemente esto daría para largo, que antes de la una nica’ estaría por la casa, que le avisaría. Me encontré con el César, Guillermo, Gonzalo, con la gente de Lee sin César. Nos sacamos fotos, grabé un saludo, nos fumamos unas colas, nos tomamos a medias unas copas de vino, comí nueces, me autografiaron libro y afiche, bonito po’, me creía la muerte. Cacha que hasta cuando estaba fumando un pucho, un loco me preguntó si era la Estefi Leigthon, ¡La Estefi po’! ¡Ojalá! Le escribí contándole, nos cagamos de la risa. Compramos puchos y saqué plata, por si después me tenía que ir en colectivo para la casa. Nos abrazamos harto con la gente.

La Denisse me dijo que me quedara en su casa, pero le dije en principio que me iba a la mía, que me faltaba tanto por hacer, que al día siguiente tenía reunión con las voluntarias de la cicletada. Pero como nos encontramos con la Lore, la Deni hizo comida, bebimos vino, hablamos de la gente que nos habían gustado alguna vez, de cómo uno evadió los afectos, hablamos como no hablábamos hace tiempo. Me quedé y fue bacán, como siempre lo es estar en ambientes que uno considera seguros: nadie me va a violar, nadie me va a matar, no me voy a cagar de frío, no hay motivo para angustiarse. Tranqui.

Al día siguiente me fui hacia el centro y una chica me llamó para preguntarme si suspenderíamos la reunión, y la verdad es que no le entendí. No había visto tele, había estado full con el tema de la producción y no veía ni un problema arriba del colectivo. Me dijo que vivía lejos y yo le respondí «yo también». Tuvimos la reunión, había algunos pacos y manifestantes, pero nada del otro mundo, nada hacía presagiar que la manifestación de la #evasiónmasiva pasaría a mayores. Como es costumbre, fuimos a comer algo con la Feña y la Nati y extrañamente no pedí mi usual italiano con Fanta o con té de los últimos meses, sino que me pedí un churrasco italiano y una piscola, como celebrando algo luego de un largo tiempo encerrada, o como un acabo de mundo… no me importaba nada. Hacía frío, me puse mi pañuelo como un hiyab; me costó tomar un taxi, hasta que pillé uno y me fui hasta los colectivos.

El jueves fuimos con mi mamá a Patronato por las poleras y las bolsas de la #cicletadadelasniñas. No encontramos el pigmento que buscaba, así que, si alcanzaba en algún momento, tendría que ser después de mi reunión. Cuando iba a buscar efectivo, alguien me grita con un acento raro: «¡Mapapo!», desde una bicicleta que se para en plena Recoleta. Era Tomi y Naco de Córdoba, con los que habíamos agendado vernos a las 18.00 h, para lo único que me iba a juntar con alguien que no fuera expresamente la cicletada ese día. Me comentan que de repente nos juntamos con Jesús, le digo que también es habitué del café, que podríamos juntarnos todos ahí. Quedamos en hablar más tarde, aunque olvidé decir que el desagendar para mí es la muerte, me rompe el corazón, sobre todo en un día tan «tetrix» como ese. Qué raro que entre la locura nos encontráramos ahí, en plena Recoleta. ¿El destino predijo lo que iba a pasar?

Eché a mi mamá en un colectivo, me fui a la casa de mi amiga y la acompañé a la feria. Como andaba muy en una actitud de «no me importa nada el cansancio», me compré una chirimoya y la comí en el camino. Mientras preparábamos el almuerzo, le comenté de la cicletada. Es raro, siempre he sido yo su asistente (encargada de escenario), pero esta vez le estaba pidiendo que fuera al revés, que ella me asistiera ese día con el montaje. Con su hijo, un ser súper especial, nos reímos entre los sonidos y su hablar a media lengua. Corrimos a la reunión en la biblioteca, muy rápida: sólo ver temas de horarios de llegada, de cómo resolveríamos ciertos temas. Nos fuimos de la oficina y nos quedamos un buen rato reevaluando el layout, viendo si pegaba el masking en el piso mientras el hijo de mi amiga corría (corría feliz). En eso me acordé que me iban a cerrar en donde me podían hacer los pigmentos y que los chicos argentinos me habían cancelado el café. Me apuré, junté las monedas como para tomar un taxi, pero como había muy poca movilización, decidí caminar, aproximadamente 30 minutos antes que estallara todo. Luego me dio dolor de guata pensar que, a esa misma hora, en la Estación Central, a 30 metros de donde pasé, había un hervidero de balas y sangre.

Todo se derrumbó

Empecé a caminar por Matucana y a conejear, escapando de la gente que normalmente está en ese sector. Pasé por la Viseca, ahí recién empecé a ver muy poca gente. Había llamado a la tienda donde iba, para asegurarme que había gente. Pero como soy una vil aprendiz, no caché que hacían el color y no el pigmento. Reboté y busqué en Google, filo, me dio paja preguntar. Estaba en Avenida Matta con Bascuñán y mi opción, si no quería tomar metro, era una micro que pasaba por Nataniel. Caminar, caminar, caminar.

Una de las pocas cosas que estaba abierta era un local de mote con huesillos, generoso, helado, capeando la caminata. Me empezaron a apurar. Lo encontré raro, si uno el mote se lo come y toma con calma, «pero a lo mejor el caballero escuchó los videos que empecé a ver con espanto y amor a la vez», pensé. Pero a lo mejor me colgué, como dicen los argentinos, bueno… seguí hacia Nataniel. Estaba tan estresada con lo del domingo, que estaba bien caminar un poco, airearme, no pensar en nada.

Atravieso tranquila el Club Hípico, el parque.

De repente, llegando a Nataniel, voy a mitad de la cuadra para parar una de esas micros que no tienen paradero. Pero no estoy sola, hay decenas de personas más; y en minutos, más y más. Pasa gente caminando, al menos 100.

Le pregunto a Uber cuánto me saldría un viaje a mi casa, y dice que $13.000 pesos, me parece una locura… pero la histeria empieza a rodear el ambiente. Dicen que cerca del Tottus quemaron unas micros y que vienen los milicos, que no están pasando locomoción, y estaba a 18 kilómetros de distancia del lugar donde vivo. Empiezo frenéticamente a pensar en todas mis opciones para pedir refugio: Matta, Franklin, la Pajarito, la Karen, la Valita,la Alcaldesa, hacia el otro lado, pienso incluso en un ex con el cual ya ni hablo, pienso «conchetumare’, quién más vive cerca, diosito, mente, reacciona». Me empieza el terror, el terror de pensar que me puedo quedar varada a medio camino, el terror que me impide salir todos estos días. Me devuelvo a buscar plata y le hablo a unas personas a ver si compartimos el Uber, así podrían ser 3 lucas o seis, y no trece. Ya a estas alturas no me importa si tengo que pagar más, pero no me quiero ir sola.

En eso, empiezo a mirar a cada persona que va en auto y de repente asimilo un rostro, una chiquilla, veo que su manubrio tiene aplicaciones fucsias; le hago un gesto de «por favor, llévame por Gran Avenida». Baja el vidrio y me dice que ella toma la carretera. Le digo que me sirve igual, que por fa’, que no hay transporte, que por último me devuelvo. Accede. Va al final de San Bernardo, pero no me importa.

Nos ponemos a conversar, me dice que tiene miedo porque la última vez que llevó a unos vecinos le robaron. Le digo cómo me llamo, le pregunto por ella,se llama Ana, le converso de mis proyectos, le dejo una tarjeta mía, un autoadhesivo y un afiche. Le digo que el domingo vaya con su hija, que para el 30 la invito a escuchar música en vivo, que seguro no ha escuchado de esa manera nunca.

Nos despedimos, la sumo por ahí a una lista de Twitter. Justo viene una micro de esas que no tienen paraderos y que se pagan con plata, que me sale $800 pesos y no $13.000. Me demoro tal vez más tiempo que lo que me demoré del centro, atravieso San Bernardo casi completo, llego a mi casa. Llamo a mi mamá, que ya salió de ver el concierto de Andreé Riu (ella jamás va a ese tipo de eventos). Me parece una locura, pero ya es grande, vivió una dictadura y haber estado durante décadas en el patio de al fondo de la Florida con dos hijos chicos… o sea, ya surfeó operaciones y cosas más terribles, sabrá cómo sobrevivir. Me duermo del cansancio, me he demorado unas tres horas en llegar a mi casa. Cuando despierte, el país nunca más volverá a ser igual.

En exactamente ocho días cumplo 35 años, es martes 22 de octubre, siento que estoy escribiendo un diario como Anna Frank. ¿Qué pasó entre el viernes en la tarde y el martes en la noche? Estoy hace meses preparando un evento que sería el domingo pasado y que tuvimos que posponer y así se vienen varios más. Como leí por ahí, siento que ha pasado como un mes y solo han sido cuatro noches con toque de queda. Mientras termino de escribir esto, me envían un mensaje sugiriendo protegerse los ojos, que los daños oculares son muchos y terribles, que hay que salir por la vida con antiparras; por su parte, otra publicación habla de cómo hacer un chaleco antibalas. ¿Qué pasó que estaba en un cóctel riéndome con amigos y ahora estoy llorando angustiada?

En ocho días cumplo 35 años, en un país que desde los 13 años salgo sola, me movilizo en transporte público, en bici o a pie, sin miedo por la mitad de La Pintana o de Bellavista de madrugada.

Trabajo de los 23 años en el mundo de la música, casi siempre de noche. Me gusta ir a bailar con regularidad y gracias a los beneficios que me provoca el trabajar en este circuito y tener amig@s donde quedarme, lo puedo hacer sin vender un riñón. He recorrido México, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina en buses, por meses, sin mucha plata, en furgonetas, bicitaxis, motos, en zonas calientes, zonas de carteles o de guerrilla. He pasado por fronteras difíciles, he cruzado países con muy poco dinero en mis bolsillos y he pedaleado las ciudades más peligrosas, a cualquier hora, de hecho, me encanta. Soy una persona que me considero miedosa, pero que hago las cosas igual.

Mi vida mas activa, la he desarrollado de noche. De noche se escribieron tantos cuentos. Y hoy no puedo salir, lo tengo prohibido.

Como muchos, no tengo derecho a trabajar (normalmente, de noche) ni a divertirme, ni a compartir con amigas como estuve el miércoles o el jueves. No puedo ir a conciertos, no puedo ir a bailar salsa. Y sí, la insurrección me parece hermosa, pero los militares en la calle jugando a la guerra es para mí una imagen lejana y horrorosa, porque he vivido marchas, manifestaciones, lacrimógenas, pero ¿milicos?, ¿metralletas disparando? NO. Y tal vez heredé el miedo a las torturas, a lo mejor mis genes están soltando la información de la que carezco, pero cada vez que veo un milico en la calle se me avinagra el estómago.

En ocho días cumplo 35 años en un país donde se prometió que nunca más situaciones como estas ocurrirían, ahora estamos lamentando muertos, desaparecidos, mientras a las 20.00 h papá Iturriaga y papá Piñera nos prohíben salir de nuestra casa, como si fuéramos niños chicos que nos portamos mal y estamos castigados. Tengo casi 35 años, nunca viví esto antes y en democracia tengo que pedir permiso para salir por algo urgente. Las noches se transforman en un privilegio del que ya carezco y me duele tanto, lo estoy llorando como si fuera alguien que murió.  Hace una semana me estaba riendo a carcajadas, hoy me dedico a verificar links sobre heridos, abuso policial, mientras las balas suenan de fondo toda la noche.

Fuera los militares de las calles. Basta del toque de queda. Basta de la violencia sistémica.

Basta.

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