Cómo la «rebelión del torniquete» despertó una rabia contenida

Lo que ha sucedido en los últimos días no es un tema delincuencial. El vandalismo es efecto de un fenómeno más profundo y estructural, y parece que hay un sector de la política de este país que o no quiere verlo, o no quiere admitirlo.

Es evidente que el acto destructivo y delictual es, en la mayoría de los casos, reprochable, más cuando parte de la infraestructura pública sirve a la población que transita por la ciudad. De algún modo los medios, la élite y un sector de la política se han encargado de relevar este debate a un tema exclusivamente de orden público, y eso hay que destacarlo.

La denominada «rebelión del torniquete» es respuesta de un malestar que se ha incubado durante muchas décadas de neoliberalismo y que de forma acotada se ha ido expresando de tarde en tarde. Al parecer, el impulso de la rebelión del 2011 fue un adelanto espaciado. Dentro de esos meses de movilización y malestar, se asignó un programa de reformas, las que resultaron estar lejos de ser una respuesta para los cambios que se exigían.

Hoy parece que a Chile lo consume una llama de reclamo ciudadano junto a expresiones exacerbadas de violencia popular, mezcladas de probable oportunismo delincuencial; todo el cóctel es un combustible acumulado en una desigualdad estructural. Por ejemplo, Fundación Sol señala que el 50% de los trabajadores ingresa remuneraciones de hasta $400.000 mensuales. En otro extremo, 1.800 personas, que representan el 0,01% de la población, informan ingresos por $576.482.000 mensuales.  

Para hacer más gráfica esta situación, el informe Panorama Social de América Latina, elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), señala que el 50% de la población concentra el 2,1% de la riqueza; en cambio, el 1% de la población reúne el 26,5% de la «torta».

Es obvio que esta desproporcionada asimetría lleva a una serie de otras dimensiones como alimentación, territorio, salud, educación, cultura, que hacen que se encube una frustrante realidad que subjetivamente marca el estallido. Asimismo, esos millones de chilenos que son parte del 50% maneja al dedillo el informe de instituciones que exponen esa desigualdad, pues simplemente la viven día a día.

Estamos en un minuto histórico, y no es necesario ser clarividente: esta coyuntura marca un antes y un después, a pesar de las observaciones de la dirigencia política (especialmente de derecha y el Gobierno) que insisten en reducir esta cuestión a un tema de seguridad pública sin reparar en los millones de personas que han manifestado desde sus casas, calles y esquinas su descontento con el estado de las cosas y la represión desatada. Cada cacerola, cada grito, incluso cada comprensible comentario a favor de los estudiantes, que iniciaron la revuelta hace una semana saltándose los torniquetes del metro, encendieron un estallido que a muchos nos tiene perplejos, positivamente esperanzados, pues, como se ha señalado en estos días: hay un momento donde todos despiertan, donde parece no importar mucho la «propiedad» como valor supremo; importa más señalar que la injusticia es un padecimiento que tiene efectos concretos en el día a día de muchas familias, de jubilados y estudiantes, de eso se trata todo lo que en buena hora estamos viviendo.

¿Solución? Algunas consideraciones.

Decisión política.

Por lo visto, eso sería todo.

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