Entre lo humano y lo divino


Por Omar Carrasco

Lunes 15 de julio de 2019, una gran luna llena ilumina el pueblo de La Tirana. Hace varios días que los bailes religiosos realizan sus entradas y saludos sagrada y ordenadamente. Una mezcla entre el realismo mágico de García Márquez con la magia balcánica de las películas de Emir Kusturica se puede respirar por las noches en las calles de este pueblo. Indios norteamericanos (rescatados desde las películas que daban en los cines de las antiguas minas), gitanas (con sus pañuelos y panderetas bailando al son de melosas melodías), chunchos, morenos, promeseros, chinos, cuyacas y al menos una decena más de tipos de baile, todos juntos para danzar en honor a su llamada y querida «chinita».

Un par de ferias rodean al pueblo, convirtiendo la festividad en un epicentro económico. Helados y jugos para el intenso calor del día; cuellos, calcetines y chaquetas para el súbito frío de la noche pampina; pululos, yoguis y chumbeques en representación del fiel petit bouché nortino.

Falta poco para que comience la misa de víspera del anhelado 16 de julio. En las calles aledañas a la plaza y la iglesia, las actividades siguen entregando los ritmos y danzas ensayados durante todo el año. A una cuadra y media del centro del pueblo, frente a su propia virgen (cada baile lleva una imagen propia) y su estandarte (cada sociedad religiosa tiene el suyo señalando el nombre y año de fundación ), bailan los «morenos de Humberstone» al son de La vida es un carnaval de la cubana Celia Cruz. La Federación de Bailes Religiosos de La Tirana (fundada el año 1965) indica eso sí: «Se prohíbe a los músicos que acompañan a los bailes religiosos… interpretar melodías de música popular claramente no religiosas» (Art. 100). Al parecer, en los años 90, con el boom de la cumbia sound, el ambiente sonoro se paganizó demasiado. La federación como la misma iglesia intentaron mantener un clima de contemplación y oración según sus propios cánones occidentales. Por otro lado, el pueblo se manifiesta a través de canciones y melodías que fielmente representan su alegría de estar ahí un año más.

Baile de morenos, traído desde Bolivia y con directa herencia afro según investigadores, actualmente luciendo vestuarios con alusión árabe, interpretado por la sociedad religiosa de una famosa y desaparecida mina salitrera de nombre y dueños ingleses. Una banda chilena tocando melodías de Celia Cruz, todo en honor a la Virgen del Carmen. La actividad sucediendo en el mismo lugar donde, cuenta la leyenda, una antigua princesa inca, que solía matar españoles, fue asesinada por gente de su propia etnia al momento de ser descubierta teniendo un romance con un prisionero portugués. Entre lo humano y lo divino, sincretismo en su máxima expresión, realismo mágico puro.

A una cuadra de los morenos de Humberstone, y también a una cuadra de la iglesia, bailan los Sambos Marianos de Antofagasta. Nótese que ninguno de ellos lo hace frente a la iglesia, debido a que hay a lo menos otras 10 presentaciones efectuando mudanzas al mismo tiempo (mudanza se le llama al rito de danza que realiza cada baile varias veces al día entre el 10 y 19 de julio). Con llamativos vestuarios, bellas trenzas, ruidosos silbatos y ágiles movimientos, Sambos Marianos ejecutan su presentación. Por su parte, la banda Sound Machine, en complejos y cadenciosos cortes, hace gala de sus talentosos músicos. El caporal (jefe del baile) da la señal a los grupos para terminar la mudanza (cada mudanza dura entre 30 y 45 minutos aproximadamente, sin parar de tocar ni bailar y siempre a criterio del caporal). La indicación ya está dada y los artistas en escena se comunican para terminar en forma precisa la melodía. La gente alrededor ha contemplado respetuosamente el «show» en asientos que trae por su cuenta o simplemente de pie. Última nota, un corte preciso y culmina. Los decibeles bajan súbitamente, se escuchan de fondo las otras decenas de bailes; nadie aplaude, no es necesario.

Para cualquier santiaguino (como yo), este espectáculo de colores, danza y música merece a lo menos unos aplausos. Para un turista extranjero, a lo menos un aporte en dinero. Pero para un nortino que ha crecido su vida peregrinando año a año en esa fiesta, no es necesario. El baile es un sacrificio y el danzante a lo menos realiza su ofrenda por tres años. «Ellos bailan por devoción, sin lujos, de manera austera, para la Virgen y Jesús, no para espectadores», comenta en su ensayo la antropóloga María Francisca Basaure Aguayo. 

En el rito de la despedida, se verá quién hace entrega de su traje y culmina su manda. Saldrá vestido de jeans azul y polera blanca, llorando emocionado probablemente, pero, ténganlo por seguro, sin aplausos. 

Es lunes 15 de julio y una gran luna llena ilumina el pueblo de La Tirana. Falta poco para la misa de víspera y en solo dos cuadras se puede apreciar un mágico paisaje latinoamericano en todo su sentido y esplendor, con sus penas y glorias, con su magia y contradicciones. 

Soy santiaguino y tengo claro que no hay para qué aplaudir, no es necesario. Soy santiaguino y cada día lo tengo más claro: Santiago no es Chile.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s