Teatreras en Chile y las redes que pintan lo invisible

Por MARCE PAX

La fuerza que ha tomado el movimiento feminista en el último tiempo ha incrementado la visibilidad de la presencia de mujeres en distintas áreas del quehacer humano. Muchas de ellas llaman la atención e incluso pueden hasta sorprender, sobre todo a quienes se han mantenido desconectados de la realidad vívida y nutren sus conocimientos y visiones principalmente de la información que convidan los medios de comunicación y el mainstream de turno. Las construcciones históricas, sociales y culturales, además, que tanto tiempo llevan limitando nuestra visión, actúan como un vidrio empañado entre la mirada histórica y el «hacer de mujeres», sobre todo en los espacios relativos a las artes y ciencias.

Esto podría dar la sensación de que las mujeres recién hemos comenzado (hace pocas decenas de años y en poca cantidad) a realizar algunas actividades propias de la expresión humana. Como si recién hubiéramos despertado, cual bella durmiente, o peor aún: como si la mujer fuera un ser aparecido hace poco y no formara parte de los sapiens, desde su aparición en la Tierra. Y la verdad es que siempre hemos estado aquí… ni muertas ni dormidas…, pero sí invisibles.

Miopía histórica

Y esto ocurre, principalmente, porque la historia y la documentación ha sido escrita mayoritariamente por hombres, sobre hombres y para todos quienes necesiten leerla. Generalmente, ha sido escrita desde la academia, en donde la mujer ha tenido un ingreso tardío. Y, casi siempre, atendiendo a una visión exitista y patriarcal, a la que nos ha tenido relegados el capital, porque estamos acostumbrados a registrar a los comprobablemente exitosos, dejando de lado a todos quienes no remiten sus logros a las líneas demarcadas por el sistema imperante, donde la medida del éxito está directamente relacionada con el legado patrimonial, el logro económico o el impacto masivo.

Gran parte de esta costumbre, además, ha sido heredada desde aquella época en donde efectivamente no había mujeres en el ámbito público, producto de la dificultad de nuestro acceso a la educación.

En este proceso de invisibilización, Chile no ha sido la excepción, y el teatro, como oficio, tampoco. Sobre todo, si miramos los libros de historia del teatro: grandes esfuerzos de equipos completos de investigación encuentran escasos registros del hacer teatral femenino en el siglo XX. El proyecto «Pioneras» (www.pioneras.org), liderado por Marcela Ortiz, Romina Barra y Cristina Gómez Penna, se alza excepcionalmente como una fantástica vitrina para la visualización específica de las artistas chilenas pioneras destacadas en el pasado siglo. Pero si acudimos al centro de documentación del siglo XX (la biblioteca), y tomamos esos volúmenes de historias de los varios tipos de teatro chileno, y contamos las cabezas más reconocidas, las mentes y talentos geniales que han forjado los caminos a seguir y han planteado maneras propias de hacer las cosas, nos encontraremos con más hombres que mujeres. Por lejos.

Esto es más curioso, por no decir contradictorio, si consideramos además que el teatro propiamente tal es un oficio que requiere ciertas habilidades y destrezas que le son atribuidas «tradicionalmente» a las mujeres. Las tan en boga «habilidades blandas» son precisamente las que se necesitan para llevar con éxito un trabajo creativo y en comunidad. Justamente la esencia del teatro. El hemisferio derecho echando humo.

No es casualidad que en las aulas de teatro (que no establecen paridad de género al ingreso), los cursos estén formados por más mujeres que hombres. En décadas pasadas era incluso más extremo que en la actualidad, y muchas veces surgía un inconveniente común: la dificultad de encontrar una obra escrita que tuviera personajes femeninos suficientes para repartir entre la gran cantidad de actrices-estudiantes. Y, por el contrario, muchos personajes masculinos en el papel para los pocos actores-estudiantes varones. Resultado: mujeres actuando de hombre, adaptación del género cuando era dramatúrgicamente posible, invención de personajes inexistentes, etc. Además, una franca sensación de que los personajes femeninos escaseaban, tanto en la dramaturgia nacional como en la universal…  Y si el teatro es reflejo de la vida misma, esta situación se hacía, por decir lo menos, absurda…

Pero el tiempo pasa y los fenómenos mutan. Con el surgimiento de un nuevo orden de identidad, la creación escénica de la mujer ya no necesita completarse necesariamente con la presencia del hombre. Y tal como ocurre desde hace un tiempo ya en otros ámbitos. Por poner un ejemplo conocido por todos: la pista de baile, lugar de máxima expresión del cuerpo danzante, en donde ya no importa la paridad de género. Donde ya no es determinante para el goce si tendrás o no una pareja varón con la cual volar en la pista. Sí, en la realidad existimos hombres y mujeres. No necesitamos a nuestros compañeros de especie necesariamente para expresarnos con el cuerpo y para gozar al ritmo de algún compás. Ellos tampoco tendrían por qué necesitarnos a nosotras para expresarse. Las ganas de bailar son suficientes. La necesidad de expresión es suficiente. Si estás con amigos, bien. Si encuentras la pareja soñada (sea varón o hembra), bien también.  Lo mismo ocurre en el arte escénico: podemos bailar con ellos y también podemos bailar solas.

Y no es egoísmo, es parte de la pericia que recibimos gracias al súper poder de la «mujer invisible» durante tantas décadas, incluso siglos.

Por otro lado, y volviendo atrás, paradojal resulta entonces que, por una parte, tenemos ya hace algunas décadas una presencia numerosa de mujeres en el oficio teatral y escénico en su más variada gama: dramaturgas, directoras, actrices, cantatrices, payasas, cuenta cuentos, trovadoras, diseñadoras teatrales, artistas de calle, de burlesque, de danza teatro, standaperas, etc.; y, por otro, una tradicional invisibilización de esa presencia activa, de su cuantía y de sus frutos.

Si bien es cierto, y sobre todo gracias a la explosión del internet y las redes sociales, esa invisibilización se ha ido debilitando, dando paso a una supervisibilización de todos y para todos. Pero lo que realmente aporta profundidad y claridad a este impulso diáfano y a esta nueva mirada, surge precisamente del mismo otrora problema: ¡nuevamente el súper poder de la «mujer invisible» en acción!

Como la visibilidad del trabajo escénico de mujeres ha sido relegado a segundo o ningún plano, nos volvimos expertas en hacer las cosas de «otras» maneras posibles, buscando nuevas formas para dar a conocer el trabajo y aprovechando al máximo nuestras habilidades intuitivas y sutiles, lejanas a los datos duros que tradicionalmente han acompañado la documentación. Recreando la realidad con el accionar propio y, lo más importante, reconociéndonos en la compañera, en la igual.

Con gusto y placer vemos entonces cómo hoy la magia alquímica está surgiendo precisamente de esta combinación y con la siguiente fórmula: la visibilización llega a nosotras con el ejercicio de convergencia de que seamos capaces de realizar, en relación a nuestro gran número y a la propia capacidad de reconocer ese poder.

Y es aquí en donde surge la figura de «las redes». Las redes de mujeres son las que están pintando el accionar de todas y de cada una, dando colores a la transparencia de antaño y vibrando juntas en la diversidad. Porque si hablamos de expresiones escénicas hechas por mujeres, tendremos tantas y tan variadas como teatreras hay en la faz de la Tierra. Y me salgo de Chile y vuelvo al globo, especialmente a Latinoamérica, puesto que las redes tienen esa cualidad: unirnos a pesar de la distancia y muchas veces a pesar del idioma.

La primera red que se viene a la mente es la poderosa The Magdalena Project, una red internacional de mujeres en el teatro contemporáneo y la performance, que desde 1986 «provee una plataforma para el trabajo performativo de las mujeres, un espacio para la discusión crítica y una fuente de apoyo, inspiración y entrenamiento, dando visibilidad al trabajo teatral y performativo de las mujeres» (www.themagdalenaproject.org). Y, por supuesto, su expresión chilena: el Festival Mestiza. ¡Y como soy mujer, vomitaré a mi manera una pequeña fracción de los datos duros hoy disponibles, desde el hemisferio derecho de mi cerebro, y pa’ que usté’ conozca y busque!

CHILE

Organización: RACH, Red de Actrices Chilenas.

Festivales/redes:  «Mestiza”, The Magdalena Project».

Santiago: «La Festivala», ciclo de teatro femenino.

Valparaíso: «Festival Gesta»

ARGENTINA: «Festival Mujeres a Escena».

COLOMBIA: «Mujeres en Escena por la Paz».

MÉXICO: «Urgen Musas». Encuentro de dramaturgas y directoras teatrales.

BRASIL: «Festival Vertice».

¡y algunas obraspa’ que usté’ lo goce!:

«El Gran desembarco de las Reinas del Mambo»: Las Reinas del Mambo. 12 de junio, Nescafé de las Artes.

«Y a otra cosa mariposa»: La Víbora Sutil. 4 -13 de julio. Sala Domingo Tessier

«Tal como llega la fruta»: Cía La Rabona. 31 de julio, Aula Magna UTALCA, Talca.

«Yucatán»: Compañía Plan Neón. 1 – 3 de agosto, Museo de la Memoria.

«Un Gavilán para Violeta»: Malamadre Teatro. Fecha a confirmar.

«Groenlandia»: La máquina del Arte. 01 de agosto, PCDV Valparaíso.

«El Vendedor de pájaros»: Cía Las Librepensadoras. Fecha a confirmar.

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