La mujer en tensión

«Ni mía ni tuya, de misma. El útero en disputa»

Por Jimmy Bustamante

En una época donde todas las discusiones con aspiraciones políticas sitúan a la mujer como figura central del acontecer nacional, todos los elementos de la «politóxica» política partidista se encuentran deseosos de hincarle el diente y transformar sus demandas sociales en un eslogan que, bajo la forma de «promesas cumplidas», la convierta en un imbunche —una idea deformada— o en un significante vacío, como ya hemos visto con la «educación pública, gratuita y de calidad».

El feminismo se ha instalado al alero del estudiantado, levantando sus banderas de igualdad y de disputa del poder cultural que posee el patriarcado, o sea, todo el sector de élite y conservador que se encuentra entronizado en el poder para que ellos —al igual como lo hicieron con la educación— aborden la realidad de la mujer como una «ganancia» propia. En esta línea se levanta una defensa al rol conservador de la mujer, en la que hemos escuchado y visto acciones tan retrogradas como: «El útero es prestado», «el instinto maternal», la validación de la política de cuotas como máxima aspiración, la inclusión del «femenino» en la Cámara del Senado o el recordado mechón de pelo que Piñera le arrancó a su vocera de Gobierno. Es decir, para aquellos que el feminismo se presenta como un problema.

En la esquina del feminismo y a partir de los 42 femicidios del año 2018, los cuales sirvieron para rechazar el cariño y exigir el respeto y seguridad al transitar en la vía pública, lo que fue promovido tanto por la «Coordinadora 8M» como el movimiento «Ni una menos»; la autodeterminación sobre el cuerpo de la madre y del gestante bajo condiciones seguras y libres de criminalización —donde el aborto libre se presenta como meta— y las tomas feministas que repletaron las universidades de Chile, dieron forma a una gran movilización nacional, espacio para que la manifestación tomara forma de disputa cultural, donde siguiendo los pasos de «las yeguas del apocalipsis» emerge la «yeguada Latinoamericanaۛ», en este caso, para remover los conservadurismos desde sus cimientos. Lo anterior concuerda con lo que plantea Beauvoir (1949): «No se nace mujer, se llega a serlo». Ante eso, es necesario preguntarse: ¿qué imagen se ha construido sobre la mujer chilena?

Desde la instalación del Estado oligarca liberal, la mujer tuvo un rol secundario en la sociedad. Excluidas del trabajo profesional, su deber estaba en acompañar al hombre en sus encuentros, de distintas formas según su clase social. Las mujeres de clase alta socializaban cumpliendo el rol de anfitrionas: arte, viajes, tendencias, podían hablar y opinar de cualquier tema, pero sin incidencia en el manejo de la política ni cuestionar la hegemonía masculina. Su imagen estaba fuertemente asociada a la contención, al servicio, al cuidado del prójimo, lo cual se creía responde a una «cualidad natural» de la mujer.

La mujer popular era radicalmente opuesta. Obligada al trabajo doméstico desde pequeña, en condiciones de pobreza y vulnerabilidad, debía ingeniárselas para alimentar a sus ocho hijos, lidiar con la violencia y el alcoholismo de su pareja mientras procuraba mantener la higiene del conventillo, si es que vivía en uno. Con la vivencia de la exclusión acechándolas cual buitre a su presa, entre 1905 y 1908 iniciaron su organización y concientizaron a través de la imprenta, con la intención de hacer contrapeso al monopolio comunicacional del momento. Las organizaciones pioneras en ello fueron las revistas «La Alborada» y «La Palanca».

La crudeza de la realidad popular encontraría un correlato cómodo y funcional al modelo sociopolítico a través de la caridad que —promovía la derecha conservadora en el poder—, en conjunto con la Iglesia y las mujeres de élite, estrujando el ideario maternal, lo utilizaban para «hacerse cargo de los profundos problemas que afectaban a los sectores populares del país».

Una responsabilidad tan grande —como la supervivencia de una nación— depositada en la voluntad de una pequeña parte de la población. Lo anterior dio cuenta de la contradicción entre la responsabilidad de contener los efectos de la pobreza y la negación de acceder a derechos políticos, lo cual se revelaría en el espacio público. En ese contexto, el voto femenino, según plantea María Angélica Illanes (2012), se transformó en una contingencia problemática para la izquierda, ya que la experiencia de las elecciones municipales pasadas mostraba que tal propuesta beneficiaría a la derecha.

En un contexto donde nadie quería arriesgarse a tal apuesta, fueron las mujeres —agrupadas en el Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile (Memch)— quienes, reconociendo la cercanía valórica entre su diagnóstico de la mujer chilena (en su amplitud laboral, familiar, social y de salud) y el proyecto programático del Frente Popular, presentaron el proyecto de ley que respaldaba el voto femenino, mientras que, en paralelo, preparaban un contingente dispuesto a acompañar a la mujer y su familia —en el triste baile de los que sobran— con la intención de sumar adherentes al proyecto político que proponían, donde el derecho a voto era la guinda de la torta.

Si la adhesión al voto de la mujer popular podía incidir en el cambio de Gobierno, el Estado pensó —continúa Illanes (2012)— que era necesario disputar tales votos poniendo en marcha un acuerdo entre la derecha benefactora y la Universidad Católica, que ya habían profesionalizado la política social a través de la asistencia social, con la intención de hacer lo mismo en el campo de la educación. De esa forma las características «naturales» de la mujer se extrapolan ahora a estos ámbitos dando cuerpo a la misión de readaptar, servir y educar.

Lo anterior generó una nueva contradicción en el seno del capitalismo reformista, porque si bien la profesionalización de la mujer facilitó el derecho a voto, también develó que para que una mujer pueda acceder y mantener su carrera profesional, es necesaria la existencia de una mujer dispuesta a realizar el trabajo doméstico que la mujer profesional ya no puede hacer. Tras la aprobación del voto femenino (1934 municipales, 1949 presidenciales y parlamentarias), la apuesta política del Memch se volvería estéril, debido a que, meses después de su aprobación, Alessandri promulgaría —como un acto de protección— la tristemente célebre «ley maldita», que proscribía al Partido Comunista, Socialista, entre otros, de la participación política, deslegitimando por la vía administrativa una resolución que ya se había resuelto de forma democrática. Le suena conocido, ¿no?

Recordar este momento de la historia tiene por objeto hacer ver la utilización que se hizo de la mujer —su cuerpo, sus anhelos y lo simbólico que ella genera— por parte del poder para mantener sus privilegios y el de sus mujeres, negando la igualdad de un derecho fundamental. Recordarlo nos pondrá atentos para evitar caer en la utilización frívola de las necesidades sentidas por las mujeres jóvenes del país. Tal vez sea historia y todas estén muy conscientes de eso, solo espero reforzar la idea de que, por ejemplo, una nueva estación de metro que beneficie a todos, no tiene la misma implicancia si se llama «Eloísa Díaz», «Julieta Kirkwood», «Patricia Maldonado» o «Lucía Hiriart», y eso es fundamental tenerlo claro.

A nosotros, los hombres, nos queda adoptar de forma igualitaria las responsabilidades de la casa, el trabajo y la economía doméstica; a la crianza responsable; nos queda abrirnos a una sensibilidad femenina que anule al machito interno que todos portamos; que permita eliminar la violencia hacia la mujer en los espacios públicos, sociales y políticos; acabar los abusos y violaciones del sexo sin consentimiento y, en conjunto, pensar y repensar a la funa como un espacio de aprendizaje y educación, más que exclusivamente un espacio de ostracismo castigador e irreflexivo en el espacio político.

Referencias:

Beauvoir, Simone (1949) El segundo sexo.

Illanes, María Angélica (2012) Nuestra historia violeta.

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