Beth Carvalho: una muchacha bien en la defensa popular del samba

Comenzó en la sofisticación chic del bossa nova, para luego sumergirse en el Río de Janeiro profundo y terminar erigida como «La Madrina del Samba».

Por Emmanuel Ganora

Sin duda que Beth Carvalho inmortalizó himnos de la samba, pero hay una canción donde el metal de su voz adquiere una evocación de los mitos fundadores del género, acompañada apenas por una guitarra, un pandero y una cuica:

No sé cuántas veces

subí el morro cantando,

siempre el sol quemándome

y así me voy acabando.

Cuando el tiempo avise

que no puedo más cantar,

sé que voy a sentir nostalgia

al lado de mi guitarra

y de todos los muchachos.

La canción, titulada Hojas secas y escrita por Nelson Cavaquinho, es muestra de una estética que Carvalho asumió prácticamente por toda su trayectoria musical: el rescate, estímulo y difusión de la samba en su versión más genuina, es decir, aquella que nace en la favela o el «morro», que relata aquellas vidas cotidianas de los más humildes y que mantiene la esencia de su propuesta musical, sin concesiones a las modas o al pop.

Pese a dedicar todo su arte a la música popular, Elizabeth Santos Leal de Carvalho nació en el seno de una familia burguesa de la zona centro-sur de Río de Janeiro, Gamboa. Hija de Maria Nair Santos Leal de Carvalho y de Francisco Leal Carvalho, abogado y activista político de izquierda, de quien heredaría su inclinación musical y las ideas del socialismo que, más tarde, la cantante defendería. Las amistades musicales de su padre, como Aracy Almeida, Silvio Caldas y Elizeth Cardoso, influenciaron a la pequeña, tomando posteriormente clases de guitarra y teoría musical.

Entonces, Beth Carvalho tenía las condiciones óptimas para comenzar en la música con el género en boga en su entorno social: el bossa nova. También bajo el hechizo de Joao Gilberto, Carvalho trabajó esa música de la clase media blanca carioca con canciones como Por quem morrer de amor de Ronaldo Boscoli y Roberto Menescal. Aquella década del sesenta, Carvalho la finalizó con un honroso tercer lugar en el Festival Internacional de la Canción de Brasil, en 1968, superada por una contienda de alto nivel junto a Sabía, de Chico Buarque y Tom Jobim, y Pra nao dizer que nao falei das flores, de Geraldo Vandré (uno de los himnos de protesta contra el régimen militar de la época). Pese a que no logró el cetro mayor, Andanca aún se encuentra en la memoria colectiva brasilera.

Sin embargo, en los años setenta Carvalho dejaría la sofisticación chic del bossa nova por la marginalidad de la samba del Rio de Janeiro profundo. Sobre esa etapa de la vida que dejaba atrás, Carvalho reconoció en una entrevista al diario El País de España en el 2016: «Yo siempre fui de la zona sur, entonces me emocionaba con esas músicas porque tenían que ver conmigo, solo que no me bastaban».

«Era cosa de poner a un grupo de negros allá adentro»

Fue en la década del setenta que Beth Carvalho consolidó su carrera en el samba, con la grabación del LP Canto para um novo dia en 1971. Y lo hizo haciendo un verdadero trabajo de rescate de las obras de compositores y compositoras populares del samba, verdaderos poetas populares que narraban las grandezas y miserias del pueblo brasilero. También luchó por la dignidad sonora del estilo junto a Martinho da Vila, según rememorara en entrevista con el medio español. «Antiguamente, el sonido del samba era mal grabado. Las disqueras pensaban que era cosa de poner a un grupo de negros allá adentro y decirles “ya, ahora toquen”. Las disqueras no entendían el samba».

Así, Carvalho despercudió del polvo canciones de trovadores que prácticamente se encontraban fuera de circuito; Nelson Cavaquinho y Cartola, ambos sambistas de reconocido prestigio en el circuito, pero con una obra de escasa difusión masiva. De hecho, Cartola administraba un bar y Cavaquinho ni siquiera había podido grabar un disco con sus canciones, lo que recién pudo llevar a cabo en 1970. El título de su álbum debut resume la estética de Cavaquinho que Carvalho supo destacar: Declaraciones de un poeta.

Las canciones de ambos fueron revitalizadas en la voz grave de Carvalho y se convirtieron en el catálogo esencial de la intérprete. Folhas secas, Juizio final, A flor e o espino de Nelson Cavaquinho y el cancionero dramático de Cartola con As rosas nao falam, O mundo é um moinho, O Sol Nascera (A sorrir), además de Agoniza, mais nao more de Nelson Sargento, son temas que, si bien no fueron compuestas por Carvalho, sí quedaron para siempre vinculadas al color de su propia voz.

            «Ellos sufrieron mucho. Eran pobres, mejoraron, modestia aparte, conmigo. Mucha gente pensaba que Cartola estaba muerto, pero mi grabadora lo contrató y pasó a tener un disco por año. Con Nelson Cavaquinho fue la misma cosa. No quedaron ricos, pero la vida de ellos mejoró bastante, que es lo justo. ¿Verdad?», reconocería Carvalho años después. Asimismo, la cantante también sacó del archivo el trabajo de compositoras mujeres como Dona Ivonne Lara -autora « « Sonho Meu » , popularizada después por María Bethania y Gal Costa-, olvidada como muchas por el machismo estructural de Brasil. Mientras, junto a otras sambistas como Alcione – « Nao Deixe o Samba Morrer » – y Clara Nunez – « O Mar Serenou » – se transformaban en las primeras sambistas mujeres en ser éxito de ventas en la competitiva industria musical brasilera. «Quebramos un tabú» , reconocería con indisimulado orgullo.

Eran los años de discos como Pandeiro e viola (1975), Nos botequins da vida (En los bares de la vida, 1978). Una época donde Carvalho también ingresó a la comunidad de la favela Mangueira y de su escuela de samba —fundada, entre otros, por Cartola— y a los encuentros de sambistas «de cepa» en Cacique de Ramos, barrio de Olaria, zona norte de Río de Janeiro. Y también de abrir caminos para las nuevas generaciones de sambistas que requerían de una voz que los llevara a masificar sus creaciones.

Fue un joven, Jorge Aragao, que le aportó dos sambas que coronaron una década de éxito rutilante: Vou festejar y Coisinha do pai (Cosita de papá), samba que mucho tiempo después, en 1997, fue elegida para «despertar» al robot Soujouner en el planeta Marte en la misión Mars Pathfinder de la Nasa. A inicios de los ochenta, en tanto, Zeca Pagodinho le aportaba con Camarón que dorme a onda leva. En esa época, Carvalho apostó por el sonido de Samba pagode, modalidad «informal» practicada en las fiestas de casa, con la inclusión del banjo y el tambor tamtam, generalmente con los músicos sentados alrededor de una mesa y haciendo samba al estilo jam session.

Sambista comprometida

«Amiga y compañera querida. Tu voz y tu lucha se quedan con nosotros. Tu ejemplo de vida nos guiará». Este mensaje fúnebre fue escrito por Gleisi Hoffmann, presidenta del Partido de los Trabajadores, colectividad de izquierda que gobernó Brasil con los expresidentes Lula da Silva y Dilma Rousseff. La muerte de Carvalho, por cierto, fue lamentada por los circuitos de la izquierda brasilera, sector político al cual Carvalho adscribía sin remilgos.

«Solo el socialismo puede salvar a la humanidad», sentenció Carvalho al sitio digital cubano Cubadebate. Defensora de la revolución cubana —«Cuba es un ejemplo para la humanidad», dijo una vez— y admiradora de Fidel Castro y Hugo Chávez, Carvalho a su vez era cercana a las grandes figuras de la izquierda brasilera como Leonel Brizola —exgobernador de Río de Janeiro, socialista—, su exvecino, Darcy Ribeiro —antropólogo, educador, escritor y político—, y del propio expresidente Lula, a quien apoyó el año pasado en las campañas de liberación del encarcelado líder, entonando el samba Lula libre. Uno de sus trabajos estelares con la canción comprometida fue la grabación conjunta con Mercedes Sosa de Eu só peco a Deus (Solo le pido a Dios) de León Gieco, incluida en su álbum Beth de 1986.

A lo largo de su carrera colaboró con prácticamente todo el mapa estelar de los músicos brasileros. Una muestra de ello fue el concierto realizado en Salvador de Bahía en 2007, donde participaron músicos de la talla de Caetano Veloso, Gilberto Gil, Carlinhos Brown y Daniela Mercury, entre otros. Dos años después sería la primera sambista mujer en ganar un Grammy por su trayectoria musical. Fue en ese mismo año en que Carvalho, sin embargo, comenzaría con malestares a la columna que la acompañarían hasta su muerte. Pese a ello, no fue obstáculo para que siguiera haciendo giras y grabando discos. De hecho, en 2011 obtuvo otro Grammy en la categoría Samba/Pagode por el álbum Nosso samba tá na rua (Nuestra samba está en la calle).

En los últimos años, Carvalho se movilizaba en una silla de ruedas debido a sus malestares crónicos a la columna. Sus últimas presentaciones las realizaba cantando recostada en una cama, imagen que, ambientada por el contexto de luces y una salud fragilizada, parecía también un tributo en vida a quien fuera catalogada como «La Madrina del Samba». Toda una carrera dedicada a la música más genuina de Brasil, a sus raíces, a sus poetas mayores, a los nuevos compositores, a registrar la vida anónima de un país tendiente a la imagen postal. Beth Carvalho tiene infinidad de definiciones sobre la música de su vida, pero una de ellas resume el fin último de su trabajo: «El samba es del pueblo, que sufre, que sabe lo que es el hambre».

Beth Cavalho falleció de una infección generalizada el pasado 30 de abril. Su cuerpo fue velado en un lugar simbólico para la cultura carioca: el club de fútbol Botafogo. 

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