Resistir desde el sur danzante: estrategias para una rumba eterna


“En los Andes, en el Sur, en ese cielo donde “otras estrellas nos miran” el cuerpo es también el reducto profundo del que nace la ética interpersonal, la empatía colectiva, el llanto y la solidaridad. Amar, luchar, caminar, resistir pueden llegar a ser experiencias políticas, formas de decir que tejen un sentido sin apelar a la palabra, que interpelan a la sociedad dominante y al Estado”.

Silvia Rivera Cusicanqui- Hambre de Huelga (2010)

“Yo no soy médico ni abogado, ni tampoco ingeniero, pero tengo un swing que todos quisieran tener”.

El Gran Combo – Mi Swing.

Dice el cliché que bailar es pensar con el cuerpo, como si pensar  y cuerpo fueran dos posibilidades distintas. Como si no estuviésemos todo el tiempo cuerpopensando. El divorcio alma cuerpo, mente cuerpo, pensar sentir, práctica teoría ha sido el telón de fondo o bien discurso de antesala a nuestra explotación y maquinización, que expropia nuestra potencia vital y la convierte en vida para el trabajo o vida para el consumo.

Ante esto y en estos días, en que el neoliberalismo expropia nuestra potencia critica y la captura, vale la pena volver a preguntarnos: ¿Cómo resistimos entonces compañera/os? ¿Qué fronteras no podemos cruzar, que espacios no nos dejan transitar y que movimientos nos permiten habitar la periferia, el punto más lejano, los territorios temporalmente autónomos de esta guerra gris, cosmopolita y multicultural? Un dilema antiguo del cual hacemos memoria a través de nuestros tránsitos, desplazamientos libres, límites, distancias y acercamientos, flujos y caminos de huída buscando aún la tierra sin mal guaraní.

Porque en nuestros cuerpos, en nuestra forma de habitar y transitar los espacios está también la memoria de la colonización, la memoria de aquella enorme máquina de aburrimiento llamada productividad capitalista o llamada cultura noratlántica costo/beneficio, ganancia, eterno progreso, vida para el futuro y vida para otros. Tal como en el amor, cuando bailamos no hay cálculo posible, no se gana nada, hay solo entrega y devoción, hay catarsis colectiva. Podemos hacer del baile un encuentro alegre o un cruce violento y feral, pero no podemos olvidar que “para hacer bien el amor hay que venir al sur” (Raffaela Carra); que el sur es un territorio, en nuestro caso el latinoamericano y su memoria de resistencia, pero a su vez es la metáfora de aquel lugar utópico donde habitaremos oprimidas y oprimidos en comunión amorosa, de igual a igual con ríos y cuencas: volveremos al palenque originario.

Porque pensar el sur es cuerpopensarlo, es irse de rumba, es tocar los cueros, bailar con tus hermanas y hermanos, estar en ti mismo y en los demás al mismo tiempo, es gritarle a un paco, tejer o mascar hoja de coca. Es trance, momento de unión entre la persona y el todo, la armonía no intencionada del caos que me rodea y por tanto los brazos contenedores y generosos de la pacha. Es recorrer espacio tiempo, masculino y femenino en un mismo desplazamiento, en un mismo gesto danzante. Es multiplicar las posibilidades de nuestros afectos libres y sinceros, de llanto compulsivo y nuestra rabia que explota y revienta todo. Por ello, es que no hay pensamiento alguno que no escape al uso del cuerpo, y muchas veces es este el que habla en lugar de nuestra voz, en tanto lugar de acción de lo no dicho, de aquello que escapa al control y a la razón.

Eduardo Galeano, quien será eterno en nuestras venas abiertas, un día nos llamó a la memoria escribiendo: “La iglesia dice: el cuerpo es una culpa. La ciencia dice: el cuerpo es una máquina. La publicidad dice: el cuerpo es un negocio. Y el cuerpo dice: soy una fiesta”. Aquella fiesta que en los Andes llamaron Taqi Onkoy, o enfermedad del canto, como forma de invocar al pachacuti, la renovación radical del mundo como lo conocemos, el reencuentro alegre con las y los ancestra/os. Una fiesta que es alegre, pero no feliz, en tanto es un acto político de decir: resistimos, mientras nuestras almas canten seguirán vivas; bailamos y cantamos para sobrevivir.

En estos días en los cuales ceso mis funciones como trabajador asalariado de la Salsoteca Maestra Vida, tras casi 5 años de entrega placentera y hermanable, quiero rendir un homenaje con estas palabras sanguíneas, hormonales, nacidas de la gratitud por lo bueno y lo malo, de todo se crece. Maestra Vida es hoy un espacio del cual quedan pocos en el mundo, en tanto lugar donde existe otra ética del trabajo, recíproca y fraternal, donde a ratos se nos olvida si estamos trabajando o vacilando. Es un espacio que frente a la masacre que mercantiliza nuestras relaciones y acciones cotidianas, resiste manteniendo viva la memoria, el espíritu crítico y combativo de nuestra/os muerta/os, no solo ante la tiranía pinochetista, sino también de la “larga noche de los 500 años”, como diría el subcomandante marcos. Entre sus muros dibujados, sus lienzos y banderines se teje el sueño intercultural contemporáneo, como reducto en el cual nuestros cuerpos empatizan y se articulan al son de la clave, forma instintiva de pensar el mundo, nuestra historia y proyectar la voz; nuestra ira contenida por la colonización, nuestra herida abierta neoliberal.

Pero esta no es una despedida, aquí nada termina, y por ello estas letras. El llamado es a continuar, compañera/os. No olvidar estas palabras, que intentan que nuestra historia sea vida pegada a la piel en conmemoración de quienes lucharon contra el despojo. Si no encendemos las alertas hasta aquí escritas la rumba tal y cual la conocíamos corre peligro. Pensar en una rumba eterna es eso para mí, la rumba insubordinando nuestro cuerpo, y tras ella la memoria de nuestra/os ancentra/os, que nos llaman a encontrar placer en cada movimiento hasta el éxtasis, liberarnos de la pesada marca de las cadenas que ayer nos esclavizaron y hoy nos hacen esclava/os de nosotras y nosotros misma/os: vivimos de nuestra autoexplotación.

“De la danza aprendemos que la materia no es estúpida, no es ciega, no es mecánica, sino que tiene ritmos, tiene lenguaje, y es auto-activada y auto-organizante. Nuestros cuerpos tienen razones que necesitamos aprender, redescubrir, reinventar. Necesitamos escuchar su lenguaje como sendero a nuestra salud y sanación, así como necesitamos escuchar el lenguaje y los ritmos del mundo natural como sendero a la salud y sanación de la tierra. Dado que el poder de ser afectado y afectar, de ser movido y moverse, una capacidad que es indestructible, agotada sólo con la muerte, es constitutivo del cuerpo, hay una política inmanente residiendo en él: la capacidad de transformarse a sí mismo, a otros, y cambiar el mundo” (Silvia Federici, “En Alabanza del Cuerpo Danzante”, 2016).

Compañeras y compañeros habitantes de la Maestra Vida: gracias por las noches que vinieron y por las que vendrán, por ampararme en su familia generosa de la cual me resisto a huir. Volveré y seré millones, me fundiré entre ustedes como jauría improductiva y cadenciosa, amante del 3 + 2. No hagamos de la rumba solo una vía de escape, casa de veraneo para volver contenta/os y resistir mejor nuestra alienación. Bailemos para articular nuestra rebeldía, hacerla cuerpo para desprogramar la maquina que mercantiliza todo a su paso y nos intenta robotizar; nos vuelve predecibles, insensibles, vigilables.

La utopía está en el horizonte y es movimiento; la rumba eterna será nuestra victoria.

Pedro Samuel Rossel Navaja

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