Las mujeres, la noche, la Maestra

Los últimos 10-12 años, excepto mis temporadas de meses fuera de Chile, he vivido casi todo el tiempo en el centro de Santiago, a una distancia máxima de unos $4000 pesos en taxi desde Maestra Vida. O de unos minutos de pedaleo o a unas cuantas cuadras caminando. Me he ido y venido casi en todos los transportes posibles y aunque la bici sigue siendo mi opción preferida, la distancia de mi dirección actual, mis horarios y sobre todo mis cansancios, no me permiten moverme siempre en ese transporte. Este privilegio, es palpable y comprensible casi exclusivamente a cuando la realidad difiere de esa maravilla, como mi realidad de ahora. Antes y después, he vivido en la periferia, en el sur y en el sur-oriente de la ciudad, en zonas consideradas rojas o peligrosas. Entre 45 minutos y una hora y media de distancia en micro o metro+micro. A veces, 10 minutos en colectivo. Una hora en bicicleta, sumando a los cambios de temperatura y hasta cocaví que debo considerar en cada salida. Osea, entre el deseo de bailar y estar efectivamente bailando, siempre hay al menos 2 horas de distancia.

Y esa distancia no es sólo física, sino mental y social.

Vivir en la periferia, no sólo tiene que ver con que es lejos y peligroso, sino también que no se estila, no hay transporte público en ciertos horarios y en algunos casos tampoco otro. Que las ciclovías tienen un standar muy parecido a “las hicimos con la punta del pie (?) y con los ojos cerrados”.Que la iluminación es pésima.

Y se vienen las preguntas que me he planteado cada vez más.

¿Puede alguien de la periferia, disfrutar de la cultura, de ir a un concierto o ir al rito rumbero de ir a bailar? Y antes que la pregunta sea respondida, pongámosle un grado de dificultad

¿Puede alguien, mujer o de alguna disidencia sexual ( y ni hablar de que además tenga un cuerpo no hegemónico, sea afrodescendiente, se vista no convencionalmente) disfrutar de la cultura tan fácilmente?

Maestra Vida/Mujeres/Goce/Noche

Es por eso que MV pasa a ser una especie de oasis para la mujer que los últimos 30 años ha decidido bailar y frotarse con otros cuerpos en un espacio ni tan privado ni tan público. La mujer adulta mayor con sus canas al viento o la jovencita que recién cumplidos los 18 que va a ver a su banda favorita. Un lugar donde las mujeres pueden encontrarse con otros cuerpos en movimiento. Un lugar donde una mujer puede beber sola en una barra o puede entregarse mutuamente con otros entes, a bailar con otros alguienes con o sin el interés de algo más. Puede bailar por años con alguien y no saber ni su nombre o puede enfrentarse a personalidades del mundo de la política o la televisión, sin aspavientos.

De repente hay un lugar donde una mujer no necesita chaperones, no necesita estar ni siquiera en el canon heteronormado de tener genitales femeninos e incluso, ni siquiera debe vestirse o “parecer” tal. No hay dresscode ni exigencia de zapatos o la imposibilidad de usar cierto vestuario, como en otros lugares. Y aunque emula cualquier otro espacio, cubierto de un machismo propio de la época, aunque las letras de las canciones y el público sigue siendo mayoritariamente héterosexual y siempre más cargado a los varones,  creo que tiene un poco menos y un poco más de masculinidad convencional. Un lugar donde mujeres pueden ir solas por el sólo gusto de bailar, de disfrutar, de reír, de vestirse como quieran.

Hay un acuerdo tácito con mantener los límites y ciertas prácticas como mantenerse bailando con distintas parejas, pareciera una práctica no común en otros espacios dedicados al baile, donde la misma gestión pudiese ser una sentencia de muerte. Así como en el tango o en la cueca, compartir con personas que tienen una pareja sexoafectiva unos bailes, es parte de la mecánica y todo bien. O casi.

Si pudiera pedir un deseo al universo, al universo rumbero, al mundo de la noche, a los dioses que no sé si existen o si nos protegen de las noches y sus oscuridades, es que las mujeres podamos sentirnos cómodas en todos los espacios. Y que si queremos salir a bailar, a viajar, a caminar, no tengamos que estar pensando en nuestras culpas fantasmas por vestirnos de tal manera o en tal horario.

Y aunque hueones pencas, seguirán habiendo y prácticas patriarcales están en proceso de deconstrucción a veces más lento de lo que quisiéramos, y aunque siguen habiendo letras que nos recuerdan el eterno papel de la mujer sufriente, es probable que, si me preguntaran por un lugar donde mi cuerpo se siente en libertad de vestirse como se me dé la regalada gana, en moverme como se me cante; coquetear y relacionar mi cuerpo con otros cuerpos dejándome llevar sin excusas  y moverme con libertad; y que por último, en caso de emergencia, sé que podré defenderme o a quién recurrir, es en esa pista, esa barra, esas afueras. Gracias por, de alguna manera, construir un oasis de libertad para las mujeres, a veces tan esquiva, incluso el 2019.

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