1988. El contexto político que vió nacer a Maestra Vida

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Existen distintas formas de aproximarse a la historia y distintas consideraciones temporales cuando queremos analizar una era, una época, un período, un acontecimiento o una coyuntura. Por estos motivos, hablar de objetividad para escribir la historia tiene que ver más con la rigurosidad de la metodología que se aplique para analizar un período histórico y las fuentes que se utilicen para respaldar y fundamentar el mismo, y menos con una sola forma de interpretar la historia. En este sentido, la historia no solo se compone de hechos lineales y enumerables, sino que es algo más profundo que tiene que ver con las múltiples conexiones de unos hechos con otros y las distintas interpretaciones que se puedan elaborar en esta compleja red.

Si la historia tuviera una única lectura, no existirían tantas versiones de cómo se ha desarrollado. Además, como mencionamos antes sobre las distintas formas de aproximación y estudio, esto guarda relación con los enfoques desde los que decidimos leer la historia. Comúnmente, estos se diferencian entre los enfoques económico, político, social, cultural, institucional, entre otros. Así mismo, existe la historia de los grandes personajes y los héroes patrios, así como la historia desde abajo y desde adentro, como lo menciona Gabriel Salazar, la historia de los movimientos sociales, populares y ciudadanos, que se emparenta muchas veces con la historia de los vencidos frente a la de los vencedores. Claramente, hay más perspectivas de interpretación y enfoque, pero siempre existe eso: una posición desde la que nos emplazamos que se vincula con el lugar que ocupamos en este mundo.

Es así como la década de los ochenta ha quedado grabada en la memoria de muchos, adoptando distintas formas y vivida desde diversos lugares. En esta década, a pesar de la represión promovida y ejecutada por la dictadura, el movimiento político estuvo lejos de apagarse, comenzando en 1983 con las jornadas de protesta nacional, y frente al apagón cultural, se respondió con la resistencia contracultural.

Para muchos el año 1988 es un hito importante dentro de la historia reciente chilena que rompió con los largos años de la oscura dictadura. Símbolo de este hito fue el plebiscito que daba a elegir entre la continuación de la dictadura o su término, teniendo como candidato único a Pinochet. Hechos políticos de relevancia se dieron lugar desde los primeros meses de aquel año, como fue la constitución de una coalición político-electoral: la Concertación de Partidos por el No, que reunió a 16 partidos y agrupaciones opositoras a la dictadura.

Esta fue una coyuntura histórica que tuvo como una de sus características más importantes, el notable el crecimiento del padrón electoral: se inscribieron 7.435.913, lo que equivale al 97,53% de las personas habilitadas para votar. Un porcentaje sin precedentes en la historia política-electoral lo que, sin duda, fue el producto de una movilización de masas que, a pesar de los temores de implicarse en un proceso eleccionario convocado por la dictadura, no vaciló en adherirse a la opción del No, dándole un 54,70%, frente a un 43% que apoyó la opción del Sí. Estas cifras son importantes si pensamos este proceso como el resultado de una incubación y desarrollo de la fuerza opositora popular a la dictadura, puesto que se traduce en términos numéricos una fuerza que venía actuando de manera subterránea y da cuenta, entre otras cosas, de la magnitud de convocatoria que tuvo el llamado a derrocar la dictadura.

En términos de procesos históricos de más largo alcance, cuando hablamos del año 1988 y pensamos en la actualidad, una palabra que puede definir relativamente este paso es la transición política que significó el paso de la dictadura a la democracia, pero que ha marcado un paso lento y gradual.

En la memoria colectiva está grabado el plebiscito de 1988 como el acontecimiento que terminó con la dictadura y que, posteriormente, dio paso a la elección de Patricio Aylwin como el primer presidente electo por votación popular desde de 1970. Sin embargo, pasada ya varias décadas, surge la pregunta: ¿es una democracia legítima la que vivimos, a pesar de estar regida por una constitución hecha en dictadura?  

Esto nos da una idea de cómo han transcurrido las tres décadas desde 1988. La magnitud de los votantes que se inscribieron para votar por el No, fue la traducción numérica de una movilización popular que se vino tejiendo durante años, pero con el pasar del tiempo se fue disolviendo y segregando, hasta llegar a una sociedad segmentada y bajo una profunda crisis de representatividad hundida en un sistema neoliberal que pareciera no tener salida ni fin.

Gabriel Salazar se refirió a este tema, pero lo inscribe más bien dentro de una crisis política de representación y legitimidad y se pregunta sobre la legitimidad de los gobiernos con tanta abstención electoral. Al respecto, comenta Salazar, que el despertar de la ciudadanía ha tenido como consecuencia la evidencia de un sistema de crisis, donde no existe confianza en los partidos políticos ni en los políticos ni en los procesos eleccionarios. Por otro lado, ve esta situación como un proceso abierto, puesto que el movimiento ciudadano avanza en una revolución de la mentalidad, mas no estructuralmente, y sin tener claro cómo avanzar.

Así, si vemos la historia en perspectiva y contextualizamos aquel período de fines de 1988, momento que se vive un cambio radical en Chile y, al mismo tiempo, vemos el presente, hay muchas cosas que han cambiado, por supuesto. Sin embargo, aún existe el peso de una historia y un régimen que reprimió durante años y la reconciliación que se publicitó como el objetivo al que debería aspirar los distintos sectores sociales, está muy lejos de concretarse en la medida que vivimos un régimen democrático regulado por la dictadura. Entonces. ¿cuál es la salida en este presente y futuro incierto y pesimista? Tal vez este sea un final abierto, donde las nuevas revoluciones que se están gestando, desde abajo, sean los que comiencen a escribir la historia.

OLIVIA ROJAS G.

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