No se bailar salsa…30 años de Maestra Vida

Caminar por Santiago hoy, significa escuchar una serie de lenguas, sonsonetes y ritmos diversos, entregarse al aroma de nuevos sabores y olores, con un ritmo de vida distinto, alegre, ese del que nosotros, los nacidos al sur del mundo, acostumbrados al frio, la neblina y la garüa, nos parece lejano, casi de otro mundo. Es por eso que escribir sobre los 30 años de la Maestra Vida, se me vuelve todo un desafío, me hace volver en el tiempo, al San Fernando de inicios del 1989, y al recordar mi infancia la pienso como un vacío sonoro, como la imposibilidad de recordar un sonido definido, diferente, que contraste al tono gris de las noticias en la radio, de una guitarra solitaria, o el silbato del tren apagándose a lo lejos que se funde con un jingle que avizora la alegría, que con el tiempo perdió su sentido porque la alegría nunca llegó.

Y en la adolescencia, cuando la plata escaseaba, con los cabros nos juntábamos para, a través de una cucha, buscar la felicidad en el fondo de las primeras cervezas que tomábamos en la esquina de la cuadra, había música, pero nunca era alegre, nunca era bailable y nunca había mujeres. Hasta que una noche, calurosa como las de verano, uno de los cabros llega con una noticia caída del cielo. Nos cuenta que hay una salsoteca que deja entrar gratis. El único requisito para hacerlo es asistir antes a unas clases de salsa.

Que distinta se ve una salsoteca sin sus luces de fiesta, sin más público que diez personas intentando bailar desafiando la rítmica, la coordinación y la elegancia. 1, 2,3 TA! 1,2,3, TA!, 1,2,3, TA!. me dice la profe, tomándome las manos, mirándome a los ojos y yo, a pesar de hacer mi mejor esfuerzo, me pierdo en el ritmo, mis pies torpes parecen de hierro mientras cadera y hombros parecen unidas por soldadura. Mejor hacer el ridículo de frentón y conseguir una risa honesta, que me dé una segunda oportunidad de probar mi capacidad en el baile.

Ya más suelto y sintiéndome el rey del 1,2,3, rondo la fiesta siendo de los mas chicos del local. Tras varios intentos de bailar con mujeres “que cumplan el estándar”, termino bailando con una mujer que podría ser mi madre, pero a esa altura de la noche lo que importaba era bailar, no con quien. El calor sube, los cuerpos sudan y la sed se aplaca con un coñac, trago que al parecer se encuentra jubilado.

De pronto el ambiente cambia, suena una música que genera un grito largo, fuerte y agudo, desde las mesas se paran corriendo grupos de amigas para ubicarse, al igual que en una película gringa, al medio de la pista. Las mujeres que ya estaban en la pista despachan a sus parejas. Un cambio de luces y comienza una gran coreografía grupal, que todos conocen milimétricamente, y yo ahí parado en medio sin saber que hacer ni ahora ni más tarde. Un par de empujones y pisotones bastan para que mi compañera de baile me saque de la pista.

Miro desde el costado las tres o cuatro canciones que siguen, la pista entera al unísono girando, aplaudiendo, riendo, haciéndome sentir extraño, ajeno, como si el pasado volviera en forma de incapacidad de disfrutar, de expresar corporalmente la felicidad, de abrirse a nuevas experiencias, para hacerme ver una vez más, igual que antes, igual que muchos, que yo no he de ser parte de la fiesta.

Pero el tiempo pasa y el futuro no llega, ante el retraimiento social, la vida enajenada y la agonía de la política. Hoy más que nunca, cuando la ciudad se encuentra llena de la américa diversa es que la música -y especialmente la salsa- funciona como un conjuro que sale de lo privado e interpela como un leguaje universal a buscar la alegría, la mirada en el otro para así reconstruir un nosotros y para eso necesitamos a todos, incluso los que no saben bailar.

 

Jimmy Bustamante

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